dijous, 16 de febrer de 2012

ME AND WALTER

Él me perdonaría que, descortés que soy, me ponga primero en la frase. 

Si existiera, me refiero, me perdonaría.

Aunque puede que exista alguien parecido en algún lado, sería difícil, pues en eso está la gracia de la ficción, que hubiera alguien en el planeta como Walter White. Lo que mi padre diría que son fantasies de pa sucat amb oli (traduzco : fantasías de tres al cuarto), aquí es justo el punto de libertad que hace  Breaking bad (o que hace que me lo parezca) tan fascinante. Cuarta temporada, de la que me quedan cuatro capítulos de los que pienso dar cuenta antes de que llegue el fin de semana. Y el sábado ya decidiré por dónde tiro a continuación. Temporada aparentemente de transición, donde White y Jesse sufren vaivenes en esa enferma relación maestro-discípulo, jefe-aprendiz que progresa entre traiciones que cuestan vidas, favores que salvan otras vidas, debilidades, y cierto cariño (aquel que dicen que produce el roce). Relación puramente profesional que progresa a una especie de simbiosis anclada en el instinto de supervivencia. Dos enfermos, uno de cáncer, otro de politoxicomanías. Dos escuelas: la universidad y la calle. Vivir en directo una gran serie y disponer del altavoz apropiado para explicar sus bonanzas es un regalo de los dioses. Véis, recibo regalos, no los doy. Aunque me llamen generoso. Poder hablar de como me gustan las desconcertantes primeras escenas, que van atrás minutos o años, que son trailers puros frente a esas intros que me crispan un poco (las de previously on...). Prácticamente no hay relleno en esta serie, incluida una selección musical particularmente acertada. Sé que hay quien me lee y empieza a plantearse verla, o sea, está a punto de caramelo. 
Hank, de la DEA, no sabe que el científico con pseudónimo teutónico (Heisenberg) al que intenta identificar es su cuñado. Parece no tener ni idea cuando, prácticamente inmóvil por las secuelas de un tiroteo, le pide que le ayude en su personal obsesión en acabar encontrándolo. Que lo acompañe a los sitios donde piensa que puede encontrarlo. Hace que Walter se busque a sí mismo, mejor, que busque al alter ego cruel e implacable que se ha desdoblado, casi full-time, de su cuerpo. En una comida familiar Hank habla con admiración del ser al que persigue, de su inteligencia, del talento que podría haber usado para algo mejor que sintetizar metanfetamina de elevada pureza. Walter paladea cada palabra extasiado, y querría prolongar ese momento, seguir oyendo ese cúmulo de alabanzas, y el vino que ha ingerido hace que alargue la conversación, que la estire hasta un punto sospechoso y arriesgado. Apenas cinco minutos que valen más que temporadas enteras de series insustanciales.
Los que están a punto de caramelo, que vayan preparándose. Diría que El día del perro es una influencia  involuntaria, con esas páginas que parece que vayan a soltar polvo del desierto.

Y sobre mí?. Paladeo cada palabra que escribo, y eso ya es un placer inmenso. Soy un jodido egoísta por hacer esto, no lo olvidéis.


2 comentaris:

  1. Bueno, se aprecia su egoísmo, entonces.
    Es que sino se cumple, una pasión, por gusto y capricho (esperando que afecte de buena manera) no seríamos sinceros con nuestro espíritu y condición humana. Vivimos por y para nosotros. Bajo esa ley hacemos lo posible por ayudar al otro, y por supuesto, eso acarrea beneficios personales, en muchos casos.

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  2. Completamente de acuerdo. No es cuestión de ponerla en absolutamente todo, para no caer agotados al final del día, pero aconsejable la pasión para las cosas.
    Saludos.

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