dimecres, 28 de desembre del 2011

MALA INFLUENCIA

Odio esos libros de autoayuda que casi siempre firman autores hindúes o nepalíes. Los odio porque engañan a la gente y le hacen pensar que su vida será perfecta sólo con cumplir los preceptos y tener siempre una reacción sosegada y tranquila hacia las cosas. Porque pretenden convencer a todo el mundo de que la felicidad está en su interior, y no en el interior de una limousine rodeado de bellezas dispuestas a todo y champagne del caro. Ni en un sitio, ni en el otro, opino. Pero, donde quiera que esté, estará alejada de esas patrañas que lo único que hacen es suministrar frasecitas estúpidas disfrazadas de trascendentales, frases que esconden consuelo para las derrotas y modestia para las victorias. Frases que sólo hacen que agrisar la vida en vez de iluminarla, pues los mismos remedios rara vez sirven para las mismas enfermedades. Veis, tan perniciosos son, que a uno se le pega lo de las frases lapidarias. Eso sí es markéting viral: Tagore, Rampa, todos los demás. Mi desprecio no es gris. Es de un negro definido sobre el blanco ligeramente luminoso de una pantalla.

Entonces cómo empezar si descartas frases como aquella de llorar por el sol y salir las estrellas??. Porque esa es justamente la sensación en The Office ahora que, visto el décimo episodio de la octava temporada, me doy cuenta de que el enorme vacío dejado por Steve Carell/Michael Scott (aún espero verle aparecer, aunque sea por teléfono, haciendo un cameo más adelante), podría ser suplido, de una manera diferente, compleja, algo turbulenta, por James Spader/Robert California. Un ejecutivo seguro de sí mismo, arrollador, cultivado, que parece contar con un turbio pasado. Que aplasta al comité de tres que le entrevistan, con su chulería que no es altiva, con sus máximas a las que no son capaces de responder, con un magnetismo que les hipnotiza.
Quizás en el fondo quiero pensar que Spader es el camino que salva la serie de su desaparición, aunque uno sea consciente de que sin Scott todo sea diferente, que puede ser que empiece otra serie con planteamientos distantes del inicial. Como si esto fuese una alegoría de que en el mundo ya no hay sitio para jefes escasamente cualificados que dirigen con un alto porcentaje de una teórica y temida trilogía intuición/improvisación/emoción, para dejar todo en manos de los tecnócratas. Spader aporta matices diferentes a los de Carell, por su perfil de actor ligeramente de culto (no tanto como Norton pero más que Damon), se le ve incapaz de trufar los diálogos de cuchufletas y otros efectos vocales, incapaz también de los patéticos intentos de hacerse querer propios del Scott más delirante. Los matices del personaje lo alejan de ese arquetipo, lo convierten más bién en quien es capaz de abstraerse de largas reuniones anodinas mientras calcula cualquier otra cosa. Lo importante, para los sumisos fieles: hay una puerta a la continuidad, no a una continuidad patética y arrastrada, si no a una especie de nuevo florecimiento. Para que esa oficina en medio de un polígono de una pequeña y fría ciudad americana del estado de Pennsylvania pueda ser, por algún tiempo más, un sitio donde algunos nos sintamos en casa.


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