dijous, 13 d’octubre de 2011

CRUEL-BEK Y EL PERRITO FOX


Ah, es que no lo había comentado. Despaché con tal rapidez el libro de McCarthy (que casi llamaría el libro de Bardém & McCarthy) porque, a la vuelta de la esquina, me esperaba La posibilidad de una isla, única novela de Houellebecq que aún no había leído. Impensable en mí que haya esperado más de cinco años, pero tiene sus justificaciones, que responderían a distintos grados de estupidez. Una portada horrorosa, como si a quien se la encargaron hubiese llegado a la absurda conclusión de que se trata un libro de ciencia ficción. Dibujante por encargo al que le dicen que se lea unas cuantas hojas del libro, cosa que hace perezosamente, si es que hace. Que perpetra una especie de arte gráfico futurista pues cree que la cosa va de  una proyección algo mística del futuro de la humanidad, y, palurdo él, le suena haber leído, o conocer a alguien que lo haya hecho, algo de Orwell, o de Huxley, o de Bradbury, o de Wells o de Clarke (Mònica : polisíndeton!)  y eso hace, en menos de media hora de jugueteos, con cualquier herramienta de diseño gráfico bajada por el emule. Que pone la tierra ahí abajo, o eso parece, que es azul y evocadora, y una especie de aurora boreal cósmica, y a ver si los de Alfaguara le llaman otra vez pronto, que el costo se ha puesto por las nubes.
El detalle de Alfaguara no hay que despreciarlo. Hace años que los grandes gurús obsesionados por la imagen de marca, el packaging, y todas esas zarandajas, no se cansan de hablar de la implicación positiva de la letra a en los nombres tanto sea de productos como de enormes corporaciones de todo tipo. Todo ha de empezar por a y llevar muchas a porque es un sonido que desprende positivismo en los valores.
Por lo que a mí respecta la a es una letra femenina, obviedad absoluta pues tanto en catalán como en castellano es la terminación comúnmente usada para diferenciar ese género. Luego está que en el googlemundo en que vivimos, donde toneladas de información requieren un orden, el alfabético es el primero de los criterios empleados para generar esa ordenación. Las cosas llenas de a, por tanto, dominan el mundo, al menos el que usa este alfabeto. Los del product management y sus cosas.
De tal manera que el mundo editorial no es ajeno a este estúpido (aunque sea lógico, es estúpido) planteamiento : Anagrama, Alfaguara, Atalanta, la colección Andanzas de Tusquets (que con una Tu lo tenía muy complicado). El motivo de que Houellebecq, que había publicado toda su obra en Anagrama, publicase este libro en Alfaguara ? (y despues ha vuelto a hacerlo con El mapa y el territorio). Pues supongo que alguna buena oferta : Alfaguara pertenece al grupo Prisa, y, por lo menos en el 2006, año de edición del libro, ahí, cuartos, había. A diferencia de la amable Anagrama, que saca, pasados un par de años, sus grandes libros en asequibles colecciones de bolsillo (CM), hasta la fecha Alfaguara no ha hecho lo propio. Por eso el libro falta en mis estantes.
Estúpida portada, absurda editorial: motivos de suficiente empaque para tardar cinco años, hasta encontrarlo en una biblioteca.

Eso sí, en sus páginas encontramos al Houellebecq de siempre, en una cúspide de acidez (siempre pensamos que no puede subir más: siempre nos desmiente), atreviéndose a especular con un nada halagüeño destino de nuestra especie, condenada a oleadas suicidas, causadas casi siempre por el retroceso del deseo o de la prestación sexual. Sociedad que se desmorona entre burlas de sí misma y convencimiento científico de que es posible abstraernos de la carcasa que es nuestro cuerpo, y de sus servidumbres, y de eternizarnos como seres conceptuales.

              "Aumentar los deseos hasta lo insoportable y a la vez hacer que satisfacerlos resultara cada vez más difícil : ése era el principio único en el que se basaba la sociedad occidental."

Combinación impensable (palabra que habrá que descartar en el léxico cuando hablemos de Houellebecq) de continua demolición de temas tabú (piensa en algo bizarro y desagradable: Houellebecq encontrará un personaje no sólo que lo haga, sino que lo convierta en su principal actividad), de superposición de chocantes capas ideológicas (racismo inverso, fervoroso anti-islamismo, prostitución, banalización de la práctica sexual más reprobable y desviada). El escritor francés se muestra a la vez laxo y agresivo con lo que ve (y el tiempo parece empeñado en seguir dándole la razón): un deterioro progresivo e irreversible de la sociedad. Posiblemente mi escritor favorito vivo (espero que aún lo esté), pues no veo a muchos candidatos que combinen valor literario y valentía rayana en lo físico. Houellebecq juega con su pellejo en muchas de sus frases.

Puede que el libro se pasee algo más de lo aconsejable por los aledaños de una especie de sucédaneo de misticismo (inventado, eso sí, como un placebo más de una larga receta de otras medidas para atenúar el dolor de la existencia), puede que muchos se sientan heridos (quien tiene perros para no tener hijos, por ejemplo), pero en las cinco novelas que le he leído, no puedo decir que ni una página me haya decepcionado. Vuelve cuando sea, pero vuelve.





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