dimarts, 23 d’agost de 2011

YO TE PERDI EN UNA TARDE DE ABRIL Y DESDE ENTONCES SOY UN LAGARTO


Puede que sea una reflexión tan inútil como sorprendente. La cuestión de qué nos empuja a elegir un libro u otro. La cuestión de qué, tras ese primer empujón, nos hace seguir con él o no. El momento en que percibimos si ese es un libro que mencionaremos y evocaremos, momento que a veces se produce durante su lectura ( otra duda, al principio, al final ??) y a veces mucho más tarde, justo cuando nos damos cuenta de que, inconscientemente, andamos años detrás de un libro que nos provoque las mismas sensaciones, en el mismo grado.

Sorprendentemente esta elucubración me hace cambiar el título de este post, y son dos títulos prolongados seguidos, yo, que voy de minimalista y conceptual, las más de las veces.

En mi poco fundada manía de la contemporaneidad, buscada tanto en escritores como en las puras temáticas, he hecho algunas excepciones. No es que quiera que en los libros que me gusten, la gente se llame al móvil o busque en google. Pero no quiero ir más atrás en el tiempo que esos caballos, robados o no, que me encontré en Meridiano de sangre. 
Leo una crítica de un par de libros de uno de esos autores que son rabiosamente contemporáneos: Biegbeder. Entusiasmo por 13,99 euros, también por Socorro, perdón. La reseña que incluye su temática casi es un resorte que me hace levantarme de la silla a por ellos, pero antes, mierda, segunda crítica que se pregunta cómo puede editarse un libro tan insustancial. Dicen las leyes de la estadística que para sacar promedios fiables hay que despreciar el mejor y el peor dato. Ya.
Otro de éstos, Houllebecq, está a punto de publicar en España El mapa y el territorio, al que me tiraría desesperado como agua fresca en el desierto. Dicen que Houellebecq se ha ablandado. También le pasó a Hornby (están al lado uno del otro en los estantes). Resulta que mi disfrute en Plataforma, en Ampliación del campo de batalla, en Las partículas elementales partía de ese mismo cóctel de bilis, angst, y vacío, que tengo miedo de echar de menos. 
Otro que es Brett Easton Ellis me tiene muy desconcertado, pues me da la impresión, como Irvine Welsh, que llevan muchos años intentando escribir algo diferente y siempre escriben el mismo libro. Como ABC y The lexicon of love. Crisis del segundo disco que llegan hasta el octavo.

Mientras, sigo enfrascado en las andanzas de Ramsay D. en Deptford, Canadá. Que nadie olvide este nombre: Robertson Davies.

Pero pasan otras cosas en mi vida. Mi hija ha redescubierto mi disco favorito de Calamaro (El cantante) , y disco favorito es una definición sumamente fiel, puesto que me es muy difícil aguantar ni tan siquiera acordes iniciales de la gran mayoría de sus canciones de otros discos. Cuando intervienen los elementos emocionales todo se complica enormemente. Asocias letras y músicas a momentos grabados en la memoria, todos los componentes de ese escenario pasan a ser mejores por la perfección del conjunto que representan. Eso deben ponerle al BigMac, claro.
Intentando convencerla de que no es Calamaro el de ahí, que no es ese mediocre y algo cargante platense obsesionado (digo encaparronat, así, que sería más correcto encabezonado) en ser un nuevo Dylan, un nuevo Jagger, para mi horror una especie de Sabina que bebe mate en vez de cuba-libres de garrafón.
Probamos y probamos (hay un excesivo recopilatorio de 6 cds, cómo no) sus mejores canciones propias, sus rarezas, sus versiones, sin encontrar esa genialidad del buen intérprete, presente por doquier en El cantante. La búsqueda da frutos, pero pocos, pues hay mucho horror y mucho ripio y mucha melodía facilona por la que Calamaro debería responder. Pero se da el caso que ayer hizo 50 años, que mi memoria falla selectivamente y olvida su asociación con antiguos miembros de los Tequila en esa especie de supergrupo argentino llamado Los Rodríguez y me siento benévolo, aunque no lo merezca pensaré en todos esos buenos momentos pasados en el coche, camino de muchos sitios. Pensaré en una primera escucha en casa a altas horas de una madrugada que no sé si era el final de un día o el principio del siguiente.

Y obtendrá mi perdón, aunque sea por esta vez.


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