divendres, 29 de juliol de 2011

CIVISMO SIN GAS

Como uno de mis posts de ayer sigue sin título, y mucho me temo que así se va a quedar, no tengo más remedio que agenciarme de lo primero parecido a un título que alguien me brinda. Gràcies, Mercè.
Pero debo comportarme de un modo un pelo traicionero: me quedo con el título pero aún no conozco en profundidad el problema que acontece entre mi prima, y con ello he de reconocer públicamente que estoy despistado: que sé que hay ruidos, y muros enormes, vertidos y olores, y que detrás de todo eso está la Damm, que necesita hacer todas esas cosas, molestando vecinos, para venderle al mundo sus marcas de cerveza.
Mientras, hago otras cosas. Estoy en la Rambla a eso de las 08:45, esperando pacientemente. Es una hora en que el movimiento allí es diferente al de otras horas. Viernes: la estructura de los chiringuitos (donde encontraría a la punk del post del otro día) se está poniendo justo en marcha. Los camiones de reparto van y vienen pues hay que suministrar a todos los restaurantes y pizzerías, que proliferan por doquier, que crecen al ritmo de esas manadas de turistas que, en un par de horas a lo sumo, llenarán a ríada el paseo central, y los laterales, y las calles adyacentes, por capilaridad y por rebosamiento. Veo un camión de la Damm y pienso si ese chófer, de cuya comisura de los labios cuelga inerte un cigarrillo a medio consumir, apenas inmóvil mientras maniobra para aparcar, es consciente que quizás él lleva ahí cargada esa cerveza que, en el momento de producirse, interrumpía con un ruido o con un fétido olor el descanso de mi prima. Ese descanso que tanto necesita para, relajada, sentar a su gato en su regazo y acariciarle el pescuezo.

Justo ayer estaba en el mismo sitio a otra hora diferente, cerca de las 19:00. A esa hora soy objeto, en la acera derecha, de la insinuación de una prostituta, ya entrada en cierta edad, que declino cortésmente. Pienso hoy en ello, y recuerdo la existencia de cierta web que ví, donde los usuarios de estos servicios se afanan en puntuar y comentar a las ofertantes, con cierto lujo de detalles y cierto afán creativo. Cómo se hacen llamar, qué edad dicen tener y qué edad les echan, qué hacen y qué no, sus tarifas, el aspecto de los lugares donde reciben, la higiene, el trato, la dedicación. Un  submundo donde más de uno suelta cierta vena poética, para pulir lo escatológico, donde alguno hasta se pone romántico, sin parar a pensar que esa musa a la que declara su amor pronto encuentra con quién reemplazarle. Espeluznante como es que internet facilite cosas como ésta, no puedo evitar pararme a pensar que todo tiene cierto sentido práctico.

Debo confesar que sé que el comentario que hice sobre Ana Belén era un pelo machista. Porque aún sea una mujer atractiva no hay que perdonarle su nulo talento. Así que en lo relativo a Serrat y su relación con ella paso de la amonestación verbal a la tarjeta amarilla.
Ya puesto a los actos de contricción y a cierto tono confesional, no sé a quién debo agradecer la existencia del mini-short tejano, pero lo hago. Qué bendición.

Salgo de mi gestión y regreso a casa: frente a la estatua d'en Pitarra, sobre un suelo húmedo (y la humedad del suelo en esa zona y en esa hora traen irremisiblemente un olor a lejía y a zotal a mis recuerdos), sentadas sobre los escalones, justo donde yo no me sentaría, dos jóvenes parejas se besan al unísono, con una pasión algo perezosa, con una sincronía casi coreografiada, en esa hora que te hace dudar si para ellos empieza o acaba una jornada de amor, y dudar también si ese amor es efímero o duradero, si el mundo parece tan detenido en ese momento para ellos como para mí. Como esa zona y esa hora me harían parecer algo que (creo) no soy, pues es diferente ser un pervertido a ser un blogger que (luego le tocará a la calle Enric Granados) recorre las calles de su ciudad esperando encontrar inspiración en sus rincones.




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