dijous, 23 de juny de 2011

LA CHULERIA INOCUA

Pasear con un libro bajo el brazo puede no ser un ejercicio inofensivo. Uno procura que se vea el título y el autor. Uno fantasea a veces con hermosas mujeres que se sienten automáticamente atraídas por el primero que pase por delante de ellas llevando un determinado libro de un determinado autor. No existen.
No me gusta el e-book por eso mismo: puedes ver cualquier cosa ahí, pero te acompañará en su anonimato, son solo letras y letras cuya portada queda relegada a una primera página del pdf que sólo usas para comprobar que es justo lo que buscabas. 
Eso es lo que era Anatomía de un instante en mi pc, hasta que ví el artículo de John Self, que fue un pistoletazo para recordar que podía ir a por ese libro a la biblioteca, y empezar con él. Todo el mundo verá su portada con la foto del hemiciclo y Suárez impertérrito (una imagen congelada que da para todo un libro), y quien no sepa que fue eso del 23-F ni se inmutará, y quien sí lo sepa, puede que piense que a qué leer sobre eso ahora, que han pasado 30 años y estamos tan tranquilos. Nada pensará de ese agradable proceso, de esa liturgia de rememorar aquello que estábamos presentes y conscientes para vivir, de cierta adolescencia casi sincronizada con el descubrir de la política y de sus distintas guisas. Entre 1975 y 1981 yo tuve de 11 a 17 años. Coleccionaba pegatinas de partidos políticos, que eran una novedad, y las pegaba, todas juntas, en las páginas que separaban mi carpeta. Curioso, las de la hoz y el martillo me parecían casi obscenas, prácticamente eran imágenes de desnudos integrales mostradas provocativamente en un país donde, apenas unos años antes, no podía mostrarse un candoroso pezón. A partir del momento en que se legalizó el PCE (episodio del libro por el que debo andar ahora), hubo una especie de carrera desbocada por demostrar que uno era más comunista (valiente) que los demás (cobardes, timoratos). Que el rojo, y el tamaño del símbolo, podían invadir más y agredir más a aquellos tranquilos ciudadanos que vivían, hasta ese momento, ajenos a la presencia de la bestia. No he leído Soldados de Salamina pues, como ya sabéis, he desarrollado una inexplicable alergia natural al best seller. Lo haré algún día, pues sé que Roberto Bolaño aparece como personaje, o algo así, debido a un guiño objeto de su amistad con Javier Cercas. No he leído La velocidad de la luz, porque considero, iluso, que debo leer primero el otro para comprender que Cercas merece un gran respeto al abandonar un tema comercialmente atractivo como la Guerra Civil para, en una pirueta digna de admiración, irse a Vietnam (país definido como increíble). Pero no pude encontrar más pretextos para retardar este placer. Anatomía de un instante, en su disuasiva (para según quien) condición de ensayo de cuatrocientas páginas, ligeramente cronificado, pero ensayo al fin y al cabo, con sus pequeños trucos, sus casi imperceptibles ganchos de repetición, y, más importante que nada, su recreación indefinible del uso de términos como falangistillo o chisgarabí, se erige orgulloso en uno de esos libros del cual no escondes la cubierta, aunque la foto sea rancia, aunque todos sepamos de qué habla, aunque tengamos nuestras dudas de si esta democracia no sea acaso una inteligente y aviesa operación de perpetuación maquillada de una dictadura ilegal, porque, llanamente, es buena literatura.

John Self lo sabe, David Pardo (compañero de mi hija que escogió el 23-F como trabajo voluntario en ESO) lo sabe también.


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