dimarts, 20 d’octubre de 2015

Y15W40: Vil metal


Uh. Los nombres de raigambre europea. Cómo nos gustan y cuántas cosas de rancio abolengo nos evocan y qué sofisticado resulta ajustar la pronunciación o simplemente saberlos escribir correctamente. Y cuando éstos se unen con guiones, cuando resultan evocadores de rótulos esculpidos en chapa de metal y colgados en el vestíbulo de algún elegante edificio, donde un esforzado conserje en traje oscuro les saca brillo con frecuencia. Price Waterhouse. Coopers Lybrand. Suenan a nobleza, tienen aires de castillo entre bosques y montañas, ecos de jardines ennoblecidos por estatuas y fuentes. Uno imagina sedes ubicadas en villas donde se accede en coche y donde todo el mundo tiene aspecto sano y limpio. Hachette-Filipacchi, House-Mondadori, Condé-Nast. Esta última es la culpable de este post. Su poderío económico ha servido para que una de las únicas y por tanto últimas referencias de la información musical independiente deje de serlo. Nótese el uso de la palabra "información " en vez de la palabra "prensa". Y el medio adquirido es Pitchfork. Una indiscutible referencia para los cuatro gatos (que resultamos ser algunos más) que aún albergamos esperanzas de que surja alguna música que sea nueva y nos permita experimentar viejas sensaciones. Para los que nos negamos a que el algoritmo de Spotify nos sugiera y nos entregue cualquier pastiche que lo único que hace es parecerse a los originales que nos fascinan. A raíz de esa complicada e imagino que suculenta operación supongo que cuatro entusiastas amigos que fundaron la web con el entusiasmo de un fan y la vieron progresar hasta ser lo que es hoy se deben haber llenado los bolsillos, seguro que han firmado claúsulas impidiendo que vuelvan a renacer bajo otra guisa y le estropeen a los de Condé-Nast el teórico negociazo que debería suponer infiltrarse en la cúspide de los gustos. Odio que Pitchfork dedique espacio aún subgénero musical que detesto como es el black metal. Ese espacio podría dedicarlo a algún estilo de los que a mí me seducen más. Pero me encanta Pitchfork por ese mismo motivo. Porque el concepto de dedicar espacio relevante a un subgénero es la base de la libertad de un medio. Es la garantía de que ese medio no funciona por un interés descaradamente mercantilista y eso es mejor, es más saludable que saber que vas a leer sobre los discos y los artistas que ya te gustan y que el resultado va a ser recrearse eternamente en territorio conocido.
De momento la gente de Condé-Nast se ha apresurado a insertar su firma en sitios preferentes de la página, un sobrio y elegante rótulo que parece ejercer funciones de irónica y educada despedida, más cuando el lector al que se dirige acabe de leer una reseña de un disco de hip-hop hasta los topes de proclamas misóginas o uno de black metal con la portada llena de cadáveres de adolescentes empalados. Seguro que Pitchfork sigue siendo una referencia, seguro que Condé-Nast sabrá cómo proteger su inversión. Pero va a ser inevitable que, durante un cierto tiempo, la sombra de la sospecha gravite, amenazadora, sobre ella.

dilluns, 19 d’octubre de 2015

Y15W39: Reciclaje




Sí. El hombre este, Santi, el que maneja este cotarro del otro blog. Me lo dejó muy claro, en aquel lejano mayo o junio del 2012 en que empecé a publicar aquí:

"..suficiente con tres o cuatro párrafos no muy largos..."

Pasa que para este caso creí que me iba a quedar corto, así que aproveché para  endilgarles un poquito de relleno.

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Señores de Anagrama:


Seguro que andarán Vds. muy ocupados con la cuestión sucesoria de Jorge Herralde y esa, supongo, compleja operación financiera que acabará con Feltrinelli tomando las riendas de la editorial. Difícil tránsito el suyo, de adalides de la independencia editorial y de la gauche divine a integrarse en un imperio. Me tomo, por tanto, la libertad de evitar molestarles pidiendo permiso para publicar aquí algunos detalles del escaso correo que hemos intercambiado. Escaso, por cierto, no por mi culpa.


Hoy sería un buen ejemplo, pero son ya muchas las veces en que en Un Libro al Día hemos prestado atención a los libros que  publican. Les diré, a título particular, que tres de mis autores favoritos forman parte de su catálogo: Bolaño, Houellebecq y Kapuscinski. No me he arrepentido de pasar por caja por ninguna de sus obras. Nuestro blog no promociona libros ni promociona "a cambio de". No es que Vdes. lo hayan insinuado, pero sí que me han contestado, al negarme reiteradamente copias para valoración, que los blogs literarios (supongo que podemos considerarnos uno) no somos un objeto preferente de sus estrategias comerciales. Oiga: tenemos nuestra audiencia y nuestra credibilidad, aunque no sea la de los grandes periódicos. Vaya. Me han hecho recordar a Owen Jones, cuando he pensado en recepciones en la parte alta de Barcelona, mesas a 100 euros el cubierto y señores "benestants" comentando el seguimiento en La Vanguardia del libro de la Busquets. Cierto es, que algún palo se ha llevado aquí alguno de sus últimos estandartes. Pero, ¿Negarnos copias? Peor que eso, ¿ni tan siquiera contestarnos cuando demostramos nuestro reiterado interés? No sé.


Eso sí: esto no alterará lo que opinede sus libros. O al menos de libros como éste.

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Delicioso: apelativo que, aplicado a un libro, me conminaría a huir en el 99% de los casos.
Pero éste forma parte del  1% restante.

84, Charing Cross Road empieza con Helene Hanff, escritora norteamericana dirigiendo su primera carta, en 1949, a esta dirección londinense, en que se ubica Marks & Co, un negocio de libros de ocasión. Se interesa, especula con la asequibilidad de sus precios.

De ahí en adelante los envíos de libros, los comentarios sobre el material recibido, sus precios, su disponibilidad, su estado, derivarán en una curiosa relación de ida y vuelta de cartas.

Hanff convirtió en libro la correspondencia que cruzó con el personal de la librería, en especial con Frank Doel, el empleado que se encargó de gestionar sus pedidos y cuidar de su cuenta. Al margen de la curiosidad que uno pueda experimentar por el variado surtido de libros que Hanff va solicitando, o por el elegante modo en que las cuestiones económicas se van solventando, resulta fascinante como ese intercambio de correspondencia va abriendo frentes. Somos testigos del estoicismo del pueblo inglés ante el racionamiento de la post-guerra. De la dignidad del empleado, de le evolución de su familia, de la condición de judíos de los propietarios del negocio, de la progresiva toma de confianza conforme las cartas se suceden. Nos descoloca cómo Hanff, mujer, neoyorquina, se dirige en un tono que busca confianza y respuesta. Cómo envía paquetes con comida. O menciona el devenir de su carrera profesional y su influencia en la reiterada postergación de su viaje a Londres. Todo ello en algo más de cién páginas que (con intrigantes silencios) cubren más de 20 años de relación, y para las que bastan un par de horas de lectura, más que suficientes para que la autora nos transfiera complicidad, seducción, asombro, naturalidad, una ostentosa carencia de engolamiento, y hasta una curiosa forma de tanto de apreciar la distancia entre dos culturas en dos continentes como de valorar el equilibrio de la peculiar relación proveedor-cliente cuando ésta atraviesa el tamiz del amor por los libros. Un libro breve que alinearé, por vínculos y por méritos, junto a  Seda de Baricco o Mendel el de los libros de Zweig.
Están los tiempos para ir despreciando cosas así.

dilluns, 12 d’octubre de 2015

Y15W37: MUERTE SÚBITA

Muy cerca del lugar de autos, una mañana cualquiera
No soy de hacer mucho caso a lo que oigo. Pero sí soy de fijarme en las coincidencias. Y el otro día un tipo en la radio hablaba de la muerte del rock. En relación con esta extraña semana en que  U2 dan cuatro conciertos en Barcelona. Y justo ese mismo día, o quizás el anterior, yo había proclamado para mis adentros que un comentario sobre ello iba a servirme como párrafo introductorio para mi pertinazmente postergado Ensayo Sobre Porqué la Música se Hunde.
Nunca he acabado de comprender el éxito de U2: los he encontrado obvios, los he encontrado épicos a posta, los he encontrado oportunistas, su música poco elaborada, su actitud demasiado mesiánica. Solo compré un par de sus discos, Achtung Baby, porque contiene tres de sus mejores canciones (Misterious ways, One y Until the end of the Worls) y Zooropa, que confié que fuera una continuación de Achtung Baby y no. O sea, presté atención al grupo cuando su sonido estaba más cerca del sonido tecnificado, pero en cuanto volvieron a esa intensidad épica propia de los discos que les dieron más éxito (Joshua Tree y Rattle and Hum) me alejé de ellos. Siempre consideré esos discos como meramente inaguantables. Siempre consideré una de sus canciones emblema, I still haven't found what I'm looking for como una de esas melodías simples y pegajosas, más dignas de acabar siendo la banda sonora de un jingle publicitario (su pegajoso estribillo no hace más que confirmarlo) que de ocupar lugar alguno al lado de las grandes canciones. Siempre pensé porqué el lugar de U2 no lo ocuparon los Simple Minds, grupo al que imitaban descaradamente, y qué cuantas sopas habían de comer los U2 para igualar un disco como New Gold Dream. Igualmente culpo a los U2 de haber desorientado a los Simple Minds. Tal que así. Pero no me lo recriminéis. Soy así de rarito: opino que Bruce Springsteen solo hizo que trazar una bajada desde su cúspide indiscutible, The River, y me vanaglorio de considerar Point Blank su mejor canción y de repudiar prácticamente toda su carrera posterior, empezando por la machacona simplicidad de Born in the USA, concesión al inacabable espectáculo de estadio en que ha convertido su vida posterior.


Entonces, U2 actúan 4 veces en una semana en Barcelona, llenando siempre, con 72.000 asistentes en total y a unos precios que no bajan de los 60 euros, y eso nos hace proclamar que El Rock Ha Muerto.

Porque sólo las grandes estrellas que llevan décadas sin discos que aporten nada a sus carreras llenan estadios. Sea AC/DC con su ruido infame, los Stones con su espectáculo gimnástico o Pink Floyd con sus bostezos post-sinfónicos.
Porque las generaciones que han hecho alumbrar esas estrellas (o sea, los nacidos entre los últimos 40 y los primeros 70) ya empiezan a estar mayores para ciertos trotes, incluyendo los de interesarse por ninguna de las eventuales estrellas emergentes. Ya que Guns'n'Roses optaron por la desaparición, Coldplay por dejarse la inspiración en las mesas de estudios carísimos, Radiohead, porque comprendieron todo antes que casi nadie,  Nirvana por lo que optó Nirvana.
Porque somos incapaces de transmitir ese entusiasmo a las nuevas generaciones. Por lo que sea: y mira que lo hemos intentado de formas tan patéticas como nos ha sido posible, desde camisetas del Zara con el logo de los Ramones hasta slide-show de estúpidos bebés con bandana, gafas de sol y guitarra en ristre.
Aun así, El Rock, dice un tipo en la radio, Ha Muerto.
A continuación, por cierto, una estúpida tertuliana ha argumentado que era una buena noticia. Que cuanto antes muriese, antes renacería. El Rock como ciclo de moda, al lado de las gafas de sol de espejo, los pantalones pata de elefante y las camisas floreadas. Eso sí que es morir.
Pero habrá que analizar los motivos, ¿no? o pretendo un día publicar un análisis de cientos de páginas sobre casi toda la música, sin ser capaz de concretar los motivos del hundimiento de un género en particular.

El Rock Ha Muerto porque un día estuvo vivo.
Genial comienzo.
Estuvo vivo porque unos cuantos jóvenes tuvieron dinero para comprar instrumentos y dedicar sus vidas a la ociosa tarea de escuchar música, fagocitar su influencia, y emprender la creación de música que sonara nueva. O pudiera ser que asistieran a conciertos. O que viajaran a lugares lejanos, Asi que en la génesis del rock tiene algo que ver el privilegio del acceso a la cultura, que surge, demasiado frecuentemente, en los años 50, de pertenecer a la élite occidental con recursos para comprar receptores de radio o TV, viajar y asistir a conciertos, comprar caros instrumentos eléctricos, casi siempre inasequibles, y a una falta de necesidad económica que les permita dedicar sus juveniles energías a concebir una Revolución Musical a Escala Global. Vaya: leí a John Lydon tildar a los Beatles de niños ricos. Touché. Eso estuvo feo, Johnny. Pero igual tenías razón.
Quisieron hacer ruido y quisieron hacerlo alto y rápido. Y qué mejor que no estarse demasiado por sutilezas: 4x4, acordes, ritmo básico, y poca necesidad de floritura vocal. Cantar rock en sus inicios es vociferar ante un micro un mensaje muy sencillo sin demasiada necesidad de academicismo. Incitar al baile y al movimiento. Hacer caer el tabú del alejamiento entre sexos es un apreciable efecto colateral. Hay que moverse, hay que acercarse y tocarse, hay que sudar e ir a la barra a tomar alcohol que potencia el efecto desinhibidor, vamos a subir el listón y eso no será suficiente, pronto. El mensaje en las letras suele ser directo y contiene otro dardo envenenado: la carnalidad. Asi que el rock representa sobre todo un despojo de las preconcepciones y una liberación de algunos instintos básicos hasta entonces reprimidos. A la par que, debido a su poca exigencia técnica, una relativa democratización de la capacidad creativa. Jóvenes y calientes. Bajo el influjo de sustancias que amplían el espectro sensorial. Una especie de liberación que, encima, resulta divertida. No hay tiros, solo música pegadiza a alto volumen.
La evolución sonora se encargó del resto. Bueno, de una parte del resto. La que les dejó la irrupción de la industria. Rápidamente se aprecia que eso va a ser un negocio. Que va a afectar a otras cosas. A la ropa, a las costumbres, a la comida, a la estética. El rockero duerme poco, come mal, baila y folla mucho y encima se droga. Pero mola. Atrae a las masas y encima a las masas jóvenes. Hay que estar delgado y no es necesario presentar un aspecto sano. El rock es también algo sucio y desaliñado. El rock coquetea con las fronteras de lo legal. El rock excita las prohibiciones. Nada puede ser mejor que eso.
Y muere ahora porque en cada uno de esos ámbitos algo le ha tomado la delantera. La música electrónica es más barata y sencilla de producir. Las drogas sintéticas, lo mismo. La revolución sexual y el feminismo ya se han encargado de hacer que el avance en lo carnal no tenga marcha atrás. El hip-hop es más rebelde y más mal hablado, y encima está hecho por tipos de raza negra. Tenemos mucho miedo de que estos tipos tomen a nuestras mujeres. No queremos que se pongan a comparar. La rebeldía la han domesticado a partes iguales los políticos y las marcas comerciales. Ahora los políticos conservadores llevan el pelo algo largo y barbas cuidadas. Todo es un estereotipo o todo es asignable a una tribu urbana que se reúne los sábados por la noche a oir los mismos discos una y mil veces. La música está en todas partes. No es necesario pagar por ella si quieres oirla. Necesitas un smartphone, una wifi y unos altavoces con bluetooth para oir todo aquello que antes dependía de una visita a una tienda, del capricho de un DJ o de la amistad con alguien que pudiera comprar los discos que a tí te faltaban. El último reducto de la exclusividad es eso tan bonito del espectáculo en vivo, con los viejos éxitos que los tipos de U2 tocan sin que se les note el hastío de tocar las mismas canciones una y otra vez. Están ahí, frente a la multitud entre los treintaymuchos y los sesenta, extasiados por el enorme privilegio del momento que imaginan único. previo abono de cientos de euros. Pero no es lo mismo. A lo sumo habrán fumado un par de cigarrillos de marihuana, y como mucho beberán un par de cervezas o un gin-tónic con una lista de ingredientes más larga que la letra de algunas de esas canciones. El concierto es a las nueve, que mañana hay que trabajar. En bufetes de abogados, en consultorías, en gabinetes de ingeniería, en la oficina de algún banco. 



diumenge, 4 d’octubre de 2015

Y15W36: IMPULSO CREATIVO

Baria: ¿devolviste esa camiseta de uniforme?
¿Es Jamie XX más feliz ahora mismo que Baria Qureshi? ¿Hay manera de saberlo? ¿Hago demasiadas preguntas últimamente?
Baria Qureshi, leí hace ya algunos años, se vio abrumada por la enorme repercusión del primer disco de The XX, y, en algún momento, que no alcanzo a concretar, entre su publicación y alguna de las giras de presentación, en que intuyó que aquello iba a ser grande, decidió abandonar la banda. Sorpresa. El trío fue antes un cuarteto. Poco más se supo de ella, nada, por mi parte, y quizás, el tiempo dirá, algún curioso con ganas de perder el tiempo y con escasa inspiración se dedique a buscarla en el futuro, a encontrarla, sea convertida en ama de casa, sea un músico contento con una menor dosis de celebridad, y le haga esa pregunta clave que esclarece tantas cosas: ¿te arrepientes de haber abandonado la banda?
Lo que está claro es que Jamie XX no siguió el mismo camino. The XX se han convertido en un referente de la equidistancia entre el mainstream y la pura vanguardia. Un punto idóneo de ese universo opuesto respecto al que tantos dudamos a veces. Es mainstream Britney Spears. Oh yes. Es Toxic una espectacular canción dotada de ritmo, empuje, trucos de producción novedosos. Oh también. En el otro extremo, nadie duda de Red House Painters o Throbbing Gristle. Bien: The XX han adquirido ese prestigio de dignificar a quien colabora con ellos y no dejarse arrastrar hacia los lodos por mucho que a veces manifiesten gustos alejados de la pureza. Que jodan a la pureza (por cierto: muchas ganas de hincar el diente al próximo Franzen) y que viva el mestizaje. Jamie XX, factótum del sonido del grupo ha mantenido una relativa ubicuidad desde que se publicó Coexist, especialmente por lo relacionado con su condición de DJ. No es tan habitual: los DJ no integraban directamente una banda pop, era más bien al revés. Algún músico recibía una invitación a reflejar en una sesión sus influencias. Pero Jamie XX no se distancia de esa condición. Más bien parece que sea ésta la que posibilite su brillante aporte al sonido de la banda. Hace unos meses ha publicado In colour. Disco que ha recibido enormes aplausos de los críticos, a muchos de los cuales les va de perillas esa condición de Jamie, puesto que pueden aplaudirle y seguir siendo snobs, o criticarle y ascender a mega-snobs. Así es la crítica musical en muchos sitios, pero, y los que hemos seguido el NME y el Melody Maker (que fueron, hace décadas, publicaciones diferentes y prácticamente enfrentadas) podemos alzar testimonio, especialmente la británica. Pues los ingleses han renunciado a encontrar los nuevos Beatles y se contentan con los nuevos Smiths, los nuevos Housemartins, los nuevos Oasis y, cualquier día, los nuevos Coldplay. Respecto a Jamie XX otra vez unanimidad: el disco será casi seguro uno de los cinco mejor valorados del año y he de decir que con merecimiento, aunque sea un disco cuya variedad haga resentir su condición unitaria. Nadie tome esto como una crítica: me encantan los discos que renuncian a tener una uniformidad que los allane.

Pero Jamie XX ha conseguido demostrar capacidad de adaptación a prácticamente cualquier género, incluyendo el trance o el breakbeat y excluyendo las baladas soul (gracias), y ello implica que el disco carezca algo de sentido de la unidad, cosa que lo aleja del subgénero discos que te cambian la vida aunque, seguramente, conocedor de los entresijos de este mal y cruel negocio que es la música post Napster y post EMule, sepa que ya va a haber muy pocos discos que puedan alzarse con tal calificativo. Jamie XX ya debe acercarse a la treintena. Ya ha superado, seguramente (facturas de caros dermatólogos pagadas con el sudor de un par de horas de sesión) el acné que infestaba su cara allá por sus comienzos. Ya ha decidido qué peinado le sienta bien y le hace dejar de parecer un adolescente escondido tras una maraña de pelo rizado. Ya viste otros colores diferentes que el negro uniformado que escondía a la banda allá por el 2009. Ya ha publicado su disco en solitario, y los dos componentes del grupo le han ayudado colaborando en él, de forma visible, pero no ostentosa, no han buscado un protagonismo que le eclipse. Que nadie piense que la banda se resquebraja, pero tampoco que nadie interprete que el sonido de In colour va a determinar el de futuros discos del colectivo. Parece, la relación entre los miembros es ideal. Jamie no es el artista haciéndose la prima donna, despreciando a los compañeros y diciéndole al mundo no sé que coño harían estos pringaos sin mí. 
Para que nadie me acuse de usar artículos del cajón con tal de rellenar la cita semanal: este mediodía recibí algo parecido a un estímulo provocador. Desde allende el Océano. No sé si Sumisión es ese aburrido panfleto. Sé, y quedad avisados de que me gusta tanto el planteamiento que voy a hacer, que pronto voy a usarlo en otro ámbito que, como Jamie XX, como el vilipendiado Cercas o Franzen, Houellebecq es un escritor a la búsqueda final de cierto momento. El momento en que, sentado en un sofá, en una terraza frente al mar, en la taza del WC, el lector, el oyente, se enfrenta en soledad a su obra. Ese momento es crucial. Los dos, creador y lector, emisor y receptor, están unidos por el texto, por la música, por la obra. Si todo va bien nada entorpece esa relación. Quien emite no sabe quien va a estar al otro lado: puede imaginarlo, pero jamás está seguro al 100%. Quien recibe está en clara ventaja: normalmente ha elegido a esa obra frente a otras. En ese momento puede experimentar muchas sensaciones, que incluyen indiferencia y repugnancia, y estas ni siquiera tienen porqué ser definitivas. El lector lee las palabras y puede que piense que algunas parecen escritas para él. Sabe que no, pero está dispuesto a ampliar el rango: para gente como él. Sopesa, interpreta, piensa, compara, puede que haga que sí con la cabeza, o que no. Puede que lo deje todo para otro momento que nunca llegue a producirse. Ese momento, ya no digo si muchos de ellos se suceden, es el que persigue el creador: el improbable intercambio íntimo (que el creador solo experimentará en actos promocionales concretos o en la cuantía del cheque de sus royalties), el certificado intransferible de que su globo-sonda ha llegado a su destino.


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