divendres, 31 de maig de 2013

MR # 2

Nunca antes le había mirado de esa manera.
Justo en ese momento, decidió dejarse crecer el pelo.

dimecres, 29 de maig de 2013

LA SOMBRA DE MICHAEL SCOTT

Sólo recuerdo haber visto terminar Entourage. Así, casi online. Las otras series de largo recorrido que he visto en su integridad siempre las he visto tiempo después de su final. Pero con The Office no aguanté. Ayer vi su último capítulo, más de 200 han quedado atrás después de nueve temporadas y he de decir que los últimos capítulos me han parecido excepcionalmente brillantes. Así como la octava temporada estaba bajo el terrorífico orfanato de la ausencia de Steve Carell, a la que los guionistas supieron que la serie se cancelaba y se despojaron de la presión de intentar sustituir su figura, la novena temporada se convirtió en una especie de traca final donde había que vaciar hasta el último de los gags por mucho que se estuviera al borde de lo bizarro. Daba igual: la suerte estaba echada y también la seguridad de que muchos fans acudirían en masa a presenciar su colofón.
Lo vi, con cierta expectativa emocional. Pensé que si apelaban a cierto toque nostálgico hasta se me escaparía una lagrimilla. Vamos. Mucho antes de decidirme a investigar otras series, ya estaba enganchado a The Office. Porque he trabajado muchos años en oficinas y he convivido con muchos personajes que veo reflejados en el estereotipo. Porque he tenido muchos años delante de mi a una gorda inútil con la vida solucionada que trabajaba porque de lo contrario debía cuidar de su casa. Trabajar por vagancia. Curioso. Porque he experimentado la mala sensación de quienes se acercan a ti para aprovecharse de tu influencia o de tus conocimientos. Y he vivido fusiones, absorciones, operaciones acordeón y directivos sin más flujo profesional que el de la bilis que les insuflaba su ansia de poder. Ver eso en una pantalla durante nueve años me ha endurecido, o me ha  hecho tomar perspectiva, o me ha aportado una pátina de daigualismo. The Office, que ya es, desde ayer, pasado en mi vida, me ha hecho mejor. Ver a Jim, especie de reducto del sentido común, enunciar esas últimas frases que se podrían interpretar como un ensalzamiento del capitalismo pero que también lo son de la adaptación al entorno como método de supervivencia me hubiera hecho aplaudir, pero eran deshoras. Y ver a Carell aparecer en el último episodio, comedido y canoso, ha sido un regalo de despedida, una especie de agridulce constatación de que las cosas van quedando, demasiadas veces ya, atrás.

dimarts, 28 de maig de 2013

MR # 1

- Entonces, ¿tú eres mi hijo o la que está casada contigo es la que es mi hija?

Se giró: la enfermera le miró a los ojos. El vaso de agua salpicó un par de gotas sobre la bandeja.

dissabte, 25 de maig de 2013

VOX POPULI

VOX fue una revista de música de efímera presencia, promovida como publicación mensual "seria" de calidad por el equipo del NME,  allá por los mediados de los 90. De apariencia lujosa y buena calidad de papel, duró unos dos o tres años y representó una especie de alternativa a la conservadora Qmagazine, que en aquel momento se negaba a escorarse hacia la música de vanguardia y seguía encerrada en el reducto pop-rock de influencia casi exclusivamente anglosajona. VOX imprimió un estilo más ecléctico, dentro de una tendencia de reconocimiento de los grandes iconos (en términos de ventas), VOX intentó combinar la presencia de los artistas de masas con aire alternativo (REM, The Cure...) con un mayor grado de atención a nuevas tendencias. Una idea magnífica pero que no acabó de cuajar: la polarización reinaba y la gente no quería revistas que hablasen de una manera tan genérica, existiendo la posibilidad de optar por las publicaciones especializadas, Vox se situó en ese inhóspito terreno del aprendizdetodomaestrodenada y acabó siendo un fracaso. Los puristas del rock-pop ya tenían Qmagazine y las nuevas tendencias ya empezaban a apuntarse tantos editoriales: Muzik, Mixmag, Jockey Slut. Hablamos, casi exclusivamente, de cadáveres.

Hoy todo el mundo le conoce como Bono, pero Bono fue, cuando U2 todavia era una banda emergente y nerviosa (por oposición a la tranquilidad actual que les generan sus cuantiosos ingresos) Bono VOX. Y lo de ponerse un apellido en un mote es una actitud proto-punk. O eso quiero pensar. Los pseudónimos únicos, como Prince, tienden al mesianismo, pero un pseudónimo combinado es, casi, un alter-ego, cuando no una impersonación. Pues bien, Bono, era Bono VOX, como existía Steve Strange, Howard Devoto, Sid Vicious o Dee Dee Ramone. Cuando triunfó, la partícula cayó. En el olvido, en la papelera, en el pozo negro. Pero Bono ya era otra cosa: Bono podía poner voz en un apestoso disco de música religiosa disfrazada de rock ampuloso llamado The Joshua Tree. Bono VOX hubiera pasado del tema. Ya os lo digo yo.

La voz: Björk, antes de enfermar de la enfermedad del ego musical consistente en pensar que tus hardcore-fans adquirirán hasta una demo que hayas grabado en el WC de tu casa tras combinar Baileys con agua tónica; antes de enfermar de la enfermedad consistente en pensar que los huesos de ballena huecos pueden soplarse esperando que la divina providencia los convierta en material sonoro vendible. Antes, acabo, de enfermar pensando que cada nuevo novio añadido a la lista era un partner codiciado y adecuado para sus ensoñaciones discográficas, Björk le pidió a Mark Bell, componente de LFO y productor de Homogenic, su tercer disco, que el disco se produjera de la siguiente manera: percusiones en un canal, cuerdas en otro, su voz en medio. Simple, preciso: hostia Mark, para qué hacerle caso a los de la compañía, o quien fuera que consideró ese planteamiento como hostil (¿proviene la palabra hostil de la misma raíz que "hostia"?) hacia el oyente, o como suicidio comercial, o como técnicamente demasiado aguerrido, y optó por algo más convencional.


La voz de Björk, peculiar como pocas, era capaz de hacer suya cualquier canción, le imprimía un sello tan personal que, pasado el efecto fascinador de la sorpresa, la gente no tardó en amarla u odiarla. Pero supo combinar vocales con música de vanguardia y salir triunfante en un número apreciable de intentos.
Pero resulta que no siempre es así. Sabréis lo de mi página en About.com. No sabréis lo que cuesta encontrar música electrónica decente hoy en día. Me refiero: discos que sobrevivan a escuchas exhaustivas tras las cuales sientas que quieres volver a oírlos, la semana que viene y el mes que viene, y puede que de aquí unos años cuando otros discos se hayan depositado sobre ellos. Y uno de mis obstáculos más frecuentes es la obsesión de los artistas por intercalar vocales. Por transmitir mensajes inteligibles entre sonidos abstractos. No voy a negar a nadie la posibilidad de expresarse a través de un texto (ni entro a saber qué carambainas quieren decirme en esos mensajes), pero, en la mayoría de los casos, y con muy escasas excepciones (James Blake sería una clarísima), en los discos electrónicos, las voces son una absurda molestia. No porque yo sea un integrista de la deshumanización. No es eso: pero el trasvase de estructura pop no siempre funciona, y donde el pop suele necesitar un mensaje, la electrónica no es que no lo necesite: es que lo rechaza directamente.Tantos discos, tantos, a los que me gustaría cortarle esa pista vocal y dejar a la intemperie, hasta que se desecaran y fueran un esqueleto congelado, una cabeza de ganado a la intemperie desértica, donde solo los iluminados somos capaces de ver si hay algo debajo o es todo superficie. Y me veo obligado a presentar un ejemplo sonrojante, una especie de penitencia incluida en el pecado, para que veáis lo mal que lo paso, a veces, y cuan generoso (magnánimo, mejor) soy, de no adjuntar una cuenta de PayPal (no tengo Paypal, pero tengo microondas) para que donéis algo que haga paliar mi sufrimiento.


Obviamente, una basura absoluta. Con la tecnología adecuada, ver estos vídeos hará que el PC apeste, algún día. No pierdo la esperanza.

diumenge, 19 de maig de 2013

K.A.F. (KATALANISCH-AMERIKANISCHE FREUNDSCHAFT)

Vaya. Si leo que el Sheffield, fundado en 1857, es el club de fútbol más antiguo del planeta, y me dan ganas de revisar algunas cosas que escribí criticando lo british, pues lo british me ha dado algo para disfrutar como el fútbol: un disfrute lúdico y algo tribal. También montones de discos, claro. Y libros que amo, y otros que no tanto. Algo tan ineludiblemente british como cada página de Chesil Beach va a constituír el empujoncito para prender fuego a la hoguera de las malas obras, cosa (me niego a usar la palabra proyecto, empresarialmente aburrida) que se anda cociendo.
Curioso: cada vez me gustan más músicos americanos. Pura casualidad, pero significativo, pues, en el concepto musical que me gusta siempre había considerado que iban un paso atrás, siempre esperando que alguna corriente se manifestara para hacerla suya a base de inspiraciones de segunda mano. Así que nada más inesperado que prendarme del trabajo de estos cuatro tipos de New Jersey (gracias, HBO, jamás puedo dejar de pensar en Tony Soprano cuando nombro ese Estado) que acuden al curioso nombre de Vampire Weekend. Que lo tienen todo: chicos de clase media (o sea, no crean porque sufren), de raza blanca, y con unas curiosas influencias iniciales (que si música africana, que si el Paul Simon de Graceland) que yo no acabé de entender. Pero que conste: hace muchos años que incrusté Oxford Comma en uno de esos quijotescos e inacabados proyectos (salió la palabrita, leches) de agrupar en un DVD mis 1000 temas favoritos. Encima, grupo ineludiblemente a medio camino entre el indie-pop y una especie de remedo hecho a la medida para servir de banda sonora a toda la movida preppy. Si hasta han sacado su música en un spot de Tommy Hilfiger (y son, seguramente, el grupo que creerías va a sonar a continuación en cualquier tienda de Hollister o Abercrombie & Fitch).
Pues resulta que Modern Vampires in the City, tercer disco y, dicen, cierre de una trilogía, es una de esas sorpresas que te encuentras escuchando compulsivamente. Debo confesar que me veo a mí mismo exagerando de forma ostentosa si recuerdo que Ok Computer también era tercer disco. Y no creo que los cuatro jovenzuelos estos vayan a cambiar la música. Pero resulta que estas canciones resuenan más allá del final del disco (una sublime cancioncilla que define a las claras que acabamos de oír un álbum, no una serie de canciones dispuestas en una secuencia que las haga digeribles). Me gusta la sutileza de Step y me encanta como Hannah Hunt se transforma en otra canción pasados los 2:40, y también Hudson, lleno de fascinantemente molestos ruidos electrónicos, me indica que los tiros pueden ir por otros lados en cualquier momento. Aunque comprenda que se deben al público que les lanzó a la fama, y deban intercalar algún número dominado por las guitarras y el nervio post-milenio, el  conjunto de este magnífico disco me resulta una especie de constatación (junto a factores como el triunfo de internet, el triunfo de Obama y el hecho de tener una prima en Portland, Oregón) de que, por fín, los estadounidenses han dinamitado la cortapisa mental de pensar que los europeos creábamos y éramos originales y patatín patatán: los europeos no sabemos ni cómo pagar todas las sociedades del bienestar que nos hemos montado. Bastante tenemos con eso como para ponernos a crear.

 
 

dissabte, 18 de maig de 2013

ANTICRISTOS DE PACOTILLA

Vaya por delante que mi costumbre inquebrantable de contestar los comentarios y, siempre que puedo, hacerlo individualmente, no va a quedar abandonada porque este post sea, de una manera encubierta, una respuesta a todos los comentarios que surgieron de mi propuesta.
Pero he estado dándole vueltas a las cosas.
Las librerías nos atraen, aunque sepamos que un alto porcentaje de los libros no vamos a considerarlos dignos de nuestra atención. O sea, sabemos que los libros técnicos de disciplinas profesionales diferentes a las nuestras, los estantes de autoayuda, algunas secciones, las que sean, las pilas de best-sellers, las enciclopedias y los diccionarios rara vez llamarán nuestra atención. Lo mismo podría decirse de las tiendas de discos. Pero nos hemos empeñado en sacar adelante algo como escribir de lo que nos desagrada. Qué fácil. Qué trampa tan sencilla para caer en ella. Las pocas cosas que nos gustan nos agotan los calificativos (que nadie cuente cuántas veces he dicho aquí la palabra magnífico o la palabra formidable) y ahora tenemos que buscar entre las que detestamos (ídem sobre nauseabundo o repugnante). Ja. Veo a las manadas de críticos regalándonos elevadas dosis de indiferencia, y veo, entre los pocos que decidan que merecemos algún tipo de atención, mencionar varias veces cuestiones como llamar la atención, negativismo, ansias de protagonismo, y en el colmo de las reciprocidades, incluirnos en una lista de sitios a evitar.
Veo los títulos propuestos, muchos de ellos con palabras intercaladas y parecidas fonéticamente (me dan ganas de crear la palabra ofodio: odio reptílico hacia algo), y me niego a considerar propuestas pues yo solo he dejado una idea sobre una mesa como una baraja para jugar. Ni reparto ni soy la banca. O sea, esta reflexión no es un prólogo para una cosa ni un epílogo para otra. Vamos a cargarnos libros y peliculas y más cosas que nos encontremos y vamos a hacerlo, sin ser conscientes de ello (...), justamente porque otros muchos las han alabado y no entendemos el motivo. Vamos a emprenderla a palos con esas obras que, por una extraña tendencia, nos hemos autoimpuesto acabar aunque ese esfuerzo final se haya alternado con puños apretados y sinceros deseos de que sus autores paguen alguna vez el mal trago que nos han hecho pasar. Vamos a sacar algo de provecho de las malas experiencias, aunque sea ir por la noche a la vera del riachuelo del buen rollo y verter el vitriolo que se carga a los pececitos que no nos gustan. Vaya: cómo suena de atractivo. Así que este es un breve aparte en el rincón del universo egocéntrico para desplazarlo hacia la periferia. Vamos: no me hagáis encontrar más motivos para despotricar de Chesil Beach: que alguien tire la primera piedra, levante la mano diciendo, he sido yo, qué pasa, y los demás le cubramos parapetados en una esquina.

dimecres, 15 de maig de 2013

ENAMORÉMONOS

Vale, bueno, de acuerdo.

Esta es mi dirección e-mail:      francesc.bon@gmail.com .

Quien esté interesado en ese blog donde destriparemos libros que me escriba: crearé un grupo e intentaremos ver qué manera cooperativa y democrática de hacerlo existe. De no existir, tiraremos por el clásico estilo presidencialista. Si no, caudillismo puro y duro y a esperar golpes de estado de insurrectos descontentos o envidiosos. Que de todo hay en la viña del señor.

Estoy preparado para empezar discutiendo cómo llamarle. O cómo narices llamarle, ya que estamos.

diumenge, 12 de maig de 2013

VISITANDO AL ESPECIALISTA

Parece que Richard Clayderman me dirija aún desde las portadas de sus discos esa sonrisa rubia y bobalicona solo concebible en unos años setenta desorientados. Cómo marcó ese single, que andaba por mi casa, mi primera impresión de lo que era un pianista que actuaba solo, frente a su instrumento, con esa cara de trascendencia lánguida, con ese contoneo facial y esa caída de ojos.
Por suerte, no todos son así. Bueno, la gran mayoría no son así. Ni confunden virtuosismo con trascendencia ni piensan que sus dedos sobre las teclas fundirán el hielo de los polos. Ni vierten el azúcar sobre el teclado hasta que queda pringoso ni se tiran media hora manipulando la altura del asiento hasta situarla en la posición celestial.

Seré insistente: ¿Qué opinas, Horacio?




Por si alguien piensa que hay cosas más fascinantes para mí que ver a buenos músicos disfrutar de su inmersión en la producción de buenos discos. En este contexto particular, por supuesto.

Post-Post

Alex Azkona
Bernardo Bianchetti
Cartido Copular
David Derrumbado
Eduardo Esternón
Francesc Franco
Gervasio Gervais
Horacio Habitual
Ignacio Ignoto
Juan Jambruno
Kraftwer K.
Luis Leal
Manuel Mistral
Nicolás Normalizado
Ñu Ñu
Olvido Ocasiones
Pedro Picapiedra
Quién Quereira
Ramón Reolid
Salvador Secuestrado
Travita Taleler
Úrsula Ubicua
Víctor Vencido
Walter White
Xavi Xurruca
Yago Yébenas
Zenón Zoetrope

diumenge, 5 de maig de 2013

DESVENTURAS DE UN FANATICO DE LA LECTURA

Puede que suene pretencioso, claro. Es uno de los riesgos que se toma cuando se escribe para todo el mundo que quiera leerte. En el fondo, es lo mismo de lo que acabaré tratando. En el mundo de hoy, quien publica sus textos sin acuerdos editoriales por medio ha de exponerse a lo que opinen los que le leen. Los que le leen muchas veces son implacables, son máquinas de criticar y despedazar y arruinar vocaciones. Otras son, simplemente, personas que piensan, en el último momento, algo que matiza su opinión negativa (que si todos aquí escribimos gratis, que si el tiempo que empleamos, que si la desnudez de los sentimientos). Pero ay de los que publican a cambio de dinero. No de poco; de los 15 o 20 euros que cuesta una primera edición de la mayoría de libros. Hoy por hoy, todos ellos deben convencernos del motivo por el cual nuestro dinero va a cambiar de bolsillo para quedarnos con sus textos.
Puede que suene pretencioso, claro. Pero a base de leer y leer, me di cuenta de que lo que opinaba de los libros que leía empezaba a tomar un cariz crítico. Agrio cariz, por cierto, con ese matiz enfadado frente al libro que te había hecho perder el tiempo, y al revés. Que ese cariz se solidificaba y tomaba el poder. Jodida, agotadora situación, cuando algunos (no tantos, pero algunos) te jalean las opiniones y otros se enfrentan a ellas. La cosa, pensaba yo, remitiría si esa crítica pasaba a desenvolverse dentro de la responsabilidad de un colectivo. Pero no: como el niño que disfruta con el juego, he sido cada día más incapaz de desembarazarme  de mi acritud infantil, de eso tan óptimo que es, dicen, tomar una perspectiva. Imposible leer un libro y no decir lo que pienso. A algunos les habré concedido (concedido, qué palabra más paradigmática de lo pretencioso, pero ahí se queda) la gracia de una segunda lectura. Pero pocas veces eso ha ayudado más que para corroborar una opinión.
¿Y por qué explico esto?
Pues por dos casos opuestos. O no tan opuestos. Protagonizo una ligera polémica (ni agria ni virulenta, todo se está reduciendo a intercambios de opiniones inmutables) en referencia a  Chesil Beach, novela de Ian McEwan a la que he propinado rotundos varapalos por doquier; varapalos en los que se amontonan calificativos que, con más o menos exactitud, se agrupan alrededor de conceptos como ligereza, mojigatería o cursilería. Calificativos asestados (preciosa palabra en este contexto) en nombre, básicamente, de la intención que le adivino a su autor, que es ni más o menos la de hacer que una novela sea vendible a la mayor parte de la gente posible. Historia clara y concreta, novela corta pero sin llegar al suspiro, estructura inteligible, conclusión con capacidad de ramificarse (si uno es sesudo) en crítica de una sociedad o hasta de un tiempo. Menudo diseño, Ian, machote. Pues bien: aquí viene Francesc el criticoide resabiado a espoilear. Chesil Beach explica como dos vírgenes llegan al matrimonio y él, porque es más mundano, pero le pesa su educación, está nervioso pero respeta la situación (años 60, Inglaterra), cuando ella, porque es una fina moza cuya sensibilidad ha sido monopolizada por su maestría musical (que la ha recluido en una urna, en vez de integrarla en la sociedad), vive atemorizada ante el momento en que ello se produzca. Y el momento culminante (enciendo aquí alertas de espoileo, de uso de lenguaje procaz, de escatología, todas a la vez) es que ella se siente asqueada porque, en medio del acto primerizo, él eyacula antes de hora. Y a la moza, que ha mojado el fluido de él (sustitúyase por la palabra que cada uno escoja más adecuada (semen, esperma, leche, chorromoco, la que sea), que Ian McEwan define como cucharada manando limpiamente, en el circunloquio más patético concebible en la carrera de un literato (y sólo parcialmente justificable por la remota posibilidad de que el traductor de turno estuviera en uno de esos días creativos), eso la hace salir corriendo, hacia la playa; qué bonito, a la playa de Chesil. Ese es el nudo del libro: el asquito de la recién casada ante la eyaculación precoz del marido y como eso (voy a ponerme poético yo también: si es que este libro es repugnante hasta para eso) arrastra sus vidas por corrientes diferentes. Entonces a mí Chesil Beach, al que he dedicado varias lecturas, me acaba de sacar de mis casillas, y desde aquí aviso a McEwan de que es un timo, de que el lenguaje y la descripción de la época y todo el aderezo es una pura farsa de un escritor con una mano en en teclado y otra en el bolsillo.
Y el lado más alejado de esta polémica es Plaga de palomas de Louise Erdrich. Para quien haya estado atento a mi gadget de lectura en curs es un libro que ha aparecido y desaparecido varias veces. Que es lo que ha pasado: libro denso y difícil de leer, con constantes cambios de narración, con idas y venidas en el tiempo, casi 400 páginas en las que la Erdrich se muestra implacable con el lector, casi a sus espaldas, como diciendo dejadme con lo mío que yo ya sé cómo lo haré. Joder que lo sabe. Colosal trama que parte de un crimen solo sugerido (pero menuda sugerencia) en su primer capítulo, apenas veinte líneas iniciales por las que la mayoría de los escritores venderían a su madre (buen día para decirlo, pardiez), sensacional inicio que es solo una primera rampa en una novela que es una difícil montaña rusa en la que tienen cabida muchas más cosas de las que parece (curiosamente esa novela llega hasta los tiempos en que se sitúa la de McEwan). Habla de la vida en las reservas indias del estado de Dakota. Habla de comunidad invasora e invadida, en como interactúan a finales del siglo XIX y como los hechos inolvidables a veces parecen olvidados. Habla de tradiciones orales y escritas, habla de demonios ocultos en las cosas, habla de tanto, que uno a veces se aturde y deja reposar el libro: justo lo que a mí me ocurría. Habla de venganzas injustas y de perdones injustos. Hay crímenes y hay sangre y hay polvo de todas clases. La Erdrich escribe de maravilla, claro. No digo que McEwan escriba mal. Pero la Erdrich es capaz de seducirnos con algo que, a priori,  parece no interesarnos y McEwan nos hace fruncir el ceño, de extrañeza, ante lo que sí. 
Lo siento: no sé si soy un crítico chusquero por acumulación de trienios: no sé si leer tantos libros me ha investido de ninguna autoridad en la materia más que la que aquel que afronta una lectura con intenciones sanas. El de McEwan es un libro simple, sencillo y elegante que detesto y el de la Erdrich es un libro complejo, rasposo y arisco que me parece imprescindible en cada una de sus palabras.  

dimecres, 1 de maig de 2013

LA INSACIABLE SED DE VENGANZA

Escucho desde un rincón. Es más un rincón mental que físico: es el rincón que uno se crea ensimismado mientras trata de concentrarse en algo mientras una conversación se produce a su alrededor. Tampoco es un rincón desagradable: el problema es cómo, después de un cierto tiempo, funciona mi cabeza. Pongamos el ejemplo de un péndulo, o pongamos el ejemplo del ojo pornográfico, que una vez leí de los hermanos Hartnoll. Estás alerta, evitando prestar a esa conversación ajena más atención de la educadamente debida (es decir, no levantas la vista de tu tarea y para dedicarte a observar interesado cómo esta se desarrolla y, eventualmente, prestarte a intervenir en ella), pero, a la vez, atento a la casi segura aparición de distintas palabras clave. Sería tan desconsiderado entonces no reaccionar al oírlas. Sería un síntoma de falta de sensibilidad humana, sería una señal inequívoca de la ausencia de ciertos sentimientos básicos que el sentido común presupone moran en los espíritus de cualquiera que quiera convivir en sociedad. Ay. La palabra cualquiera, y la palabra sentimientos básicos, sabedlo, quedan desactivadas ante la presencia de ciertos equipos de fútbol sobre el campo o de ciertos músicos sobre el escenario. Ahí hay entronización o destrucción del enemigo. En fin; dentro de una aparentemente relajada conversación de mediodía en un centro de trabajo (en ese indescriptible momento en que se hace la sobremesa previa a reincorporarse a la jornada de la tarde) sé, si hay una relación prolongada en el tiempo, que no se hablará del clima ni de las especies en peligro de extinción. Tampoco se hablará de David Foster Wallace, opción casi segura que me confina, otra vez, mentalmente y me recuerda conceptos como el cierre de etapas, los ciclos de la vida, y bla bla bla. Se mencionará a la familia, quien los tenga, a los hijos que crecen demasiado rápido, a las estancias en diversas ciudades europeas demasiado obvias como para enumerarlas, a los fines de semana pretéritos y futuros y, en algún momento, se reparará en la hora y se orientará el cuerpo hacia la mesa. Otra vez.
Pero muy rara será la ocasión en que se mencione el prefijo ex, la palabra muerte y la palabra desgracia y las palabras libro de embrujos, y la búsqueda en Google, más que el hotelito con encanto o el restaurante al que fueron unos amigos y salieron encantados, contenga la palabra Walpurgis. 



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