dijous, 30 d’agost de 2012

CUOTAS BRUTAS

Me casé con Marta tras muchos años de conocernos, desde niños, en el pueblo de nuestros padres. Pero ambos tuvimos algunos, pocos, otros asuntos, hasta que uno de esos reencuentros veraniegos hizo que cierta venda en nuestros ojos se desplomara. Tuvimos un noviazgo corto a la antigua usanza, pues nuestras familias empezaron con los típicos apremios de las gentes sencillas: querían bodas llenas de familiares y amigos y querían nietos a los que malcriar. Yo tenía 35 años y ella 31. Yo empezaba a escalar posiciones en la policía, en un cuerpo de policía gobernado por individuos que justo asumían a regañadientes recibir órdenes de los mismos a los que perseguìan apenas una década antes. En un cuerpo donde mucha gente no se resignaba a acatar aquello tan idílico de la pluralidad y la disidencia. En un cuerpo donde aún prevalecían valores que la nueva sociedad que surgía consideraba antiguos y trasnochados. En un cuerpo donde el tiempo quería pararse pero no podía. Claro que no pudo: alguien apretaba a fondo el pedal para que eso dejara de ser como era.
Pero no era tan sencillo. No lo fue, desde luego cuando, para acabar de joderlo todo, se acabó el dinero, ese dinero que parecía ilimitado, ese presupuesto sin fondo al servicio de lo que fuera, y si lo que fuera era algo más que atrapar a los malos, pues tampoco pasaba nada.
Un día me dijeron que mi unidad había perdido el sentido: que eramos poco productivos, que estábamos quedándonos atrás.
Miré a los ojos fijamente al gilipollas que me lo dijo: tenía al menos veinticinco años menos que yo. Al menos no era tonto del todo: comprendió que no todo se limitaba a números sobre un papel. Mi silencio no había donde escribirlo. Eso es lo que tienen las cosas como los silencios, dicen algunos: difícil de mejorar, difícil de describir.
El trato fue: quédese en ese piso con sus cosas y sus personas de confianza, haga lo que quiera, no haga nada si cree que nada es lo que debe hacer. No nos queda otro remedio que reducirles el sueldo como vamos a hacer con todo el mundo, pero lo suyo tendrá una contrapartida: pueden hacer lo que les venga en gana de ahora en adelante. Conservan el vínculo y conservan su juramento de fidelidad. Si no les llega el dinero, no importa qué otras cosas hagan para obtenerlo, sólo les pediremos discreción y sentido del deber.
Sentido del deber: estar cuatro horas plantado cada noche ante la puerta de aquel garito de mala muerte para poder conseguir que los tres canallas que habíamos tenido fueran estudiando máster tras máster sin indicio alguno de que esa inversión fuese a dar provecho alguno. Todo porque la justicia social había alcanzado el equilibrio hacia donde a mí no me convenía: ya no había posibilidades de colocar familiares, ya se habían acabado las prebendas para los miembros de la autoridad, ya lo de enseñar la placa había dejado de ser un salvoconducto. 



dimecres, 29 d’agost de 2012

EL MUNDO

Cuatro días que no publico, y me doy un atracón de posts cortos de los que iré arrepintiéndome. Pero lo peor es que, en medio de todo esto, siento que presencio algo cuyos indicios me incomodan. Chatnoir cierra su blog y yo lo veo casi en directo: veo como el miércoles, a eso de las cinco menos algo de la tarde, van desapareciendo sus posts y queda un triste mensaje de despedida y una muy sucinta diatriba hacia quien o quienes misteriosamente la han empujado a tan cruel decisión. Intento comentar en el blog de Karina y ni caso: para decirle que aquí, en el hemisferio norte, donde hace un calor del demonio decimos enfebrecido y no afiebrado, y añadir que ese texto tiene ese tono como lisérgico de lo que uno escribe, iba a decir, con las facultades mermadas, pero no: con ciertas facultades más en forma que otras. Por último, Germán está quejoso de la falta de comentarios y algunos le hemos dicho, en respuestas con diferentes grados de paternalismo y condescendencia, que hay que aguantar y no darle más importancia. Germán: igual la gente no habla porque no es capaz de mejorar el silencio.
Más el telón de fondo: a dos semanas de la fiesta nacional de Catalunya todos los discursos se encuentran en sendos procesos de radicalización extrema. Los movimientos ciudadanos empujan con fuerza hacia una exhibición de afirmación nacional y de voluntad independentista. En el otro lado, prensa española ultraderechista como La Razón ya debe tener portada preparada para el 12 de septiembre, bandera española en ristre, para minimizar cualquier impacto, reducir la cifra de asistentes a diez mil a lo sumo, decir que la gran mayoría eran periodistas, figurantes o exaltados, y contrapesar cualquier conato de secesión. Mientras escribo esto, el país se halla bajo el impacto del hallazgo de pruebas, parece que concluyentes, de que un tipo ha asesinado a sus hijos y ha quemado sus cadáveres para perpetrar una venganza contra su mujer, que se separaba de él. Hecho que concentra las cadenas de televisión, que agrupan en torno a sí expertos de todas las cataduras. Nada mejor que un crímen abyecto para distraer a la gente. Nada mejor que encontrar un enemigo común en contra del cual mostrarse unidos y monolíticos. Nada mejor que eso, a falta de guerras o de ejércitos invasores. Nada mejor mientras la subida del IVA se cierne sobre el consumo como un nubarrón: no de tormenta estival violenta pero agradable y refrescante. Más bien como todo lo contrario, como una persistente borrasca británica que suelta molesta lluvia día tras día y ni come ni deja comer. Al presunto asesino de los niños, al que muy pocos milímetros lo mantienen en la condición de presunto, yo le transmitiría tranquilidad. Pronto la opinión pública se cansará de ensañarse, y encontrará otra víctima. Cuestión de días. Como trece, o así.

THE XX: COEXIST

¿Voy a cortarme ahora tras haber descubierto tan francamente las cartas?. Nah. O sea, no me gusta para nada mostrar este sentido del oportunismo, y esto está tan lejos de ser una especie de semanario de actualidad como sea posible: pero el segundo disco de los XX se publica el próximo 10 de septiembre en Europa. Y no sé cuantas veces es necesario oír un disco para considerarlo una maravilla. Más bien no sé cuanto tiempo ha de pasar para apreciarlo con la perspectiva suficiente. Hay que tomar el riesgo y hay que exponerse a ser pulverizado por expresarse como un fan antes que como un objetivo criticista. Mejor que el primero. Casi. Pero porque el factor novedad, la construcción e identificación del sonido propio sólo es posible conseguirla una vez. Si uno pudiera invertir el proceso, si ese fuera el primer disco, el escándalo sería exactamente el mismo. Cortes que empiezan a capella y parecen lanzarse a la pista. Ritmos esplendorosos al lado de temas que parecen grabados en dos lugares de la tundra separados por varios cientos de kilómetros. A dos voces, claro. Soul del siglo XXII junto a guitarras de los años 50, petrificadas. Las duraciones de las canciones, siempre perfectas, sólo una superando los tres minutos y medio. Los finales: otra marca de la casa, esto de saber finiquitar las canciones tan arrolladoramente. Productores y compositores amantes del filtro y del fader: sentaros a tomar notas. Insisto, y ya acabo, que esto es sólo un conato de regreso. Saber que Angels  es una maravilla con los BPM tendiendo a 0 y que Chained, al lado, gravita hacia el lado contrario, hacia, casi, un levantamiento de brazos cercano al deep house y a los bajos huidizos de los Blue six o Miguel Migs, y ver que ese emparejamiento es ejemplar, me hace entrar dudas: si es un disco tan inmediato una apuesta hacia la eternidad. 

divendres, 24 d’agost de 2012

CINCO AÑOS MENOS QUE NADA

Voté en la lista de Pitchfork, a través de Twitter:


Ese fue mi algo precipitado voto. Porque me da que alguno me dejé, y me da que en el fondo In rainbows de Radiohead me gusta más que alguno de los que puse, pero a veces uno se ve a sí mismo muy poco original ensalzando a los Radiohead. Joder, si seré poco original, que prácticamente todos los países del planeta han votado OK Computer como mejor disco de los últimos 15 años, los de vida de la superinfluyente y superagradecida web de Pitchfork. O sea, una publicación que no dice que Fulano ha hecho el mejor disco de todos los tiempos para, con el segundo, decir, Fulano ha hecho el peor disco de todos los tiempos: gente que ama la música y que quiere ser leída por gente que ama la música. ¿Por qué, si es tan sencillo, no lo hace más gente?. En fin: miraros la lista, con Radiohead reinando (3 discos entre los 6 mejores), con Arcade Fire reivindicándose. O los Flaming Lips, o los White Stripes.


Curioso, cuando yo me pensaba que esta manía con The XX era mía casi particular, que prácticamente (mirad la lista por países) todos los países incluyan ese primer disco entre los 20, muchos entre los 10 más destacados. Curioso que los lectores de Pitchfork en Japón sean el único país que no considera OK Computer el mejor disco (eligen Kid A, otro, cómo no, también de Radiohead, y yo me pregunto sobre los motivos de tan curiosa decisión), y curioso que siendo una votación via Web haya muchos países que no hayan otorgado ni una sola votación. Votación de lectores, eso sí: los críticos pensarán cosas parecidas en algún caso y diametralmente opuestas en otro. No está, gracias, ningún disco de estos quince años de Coldplay, de U2, de Springsteen. Revelador del público que Pitchfork aglutina, claro, y de la influencia de la publicación. Pero también revelador de que ninguno de estos tres tótems de las giras, de los escenarios de 50 metros, de los conciertos de 4 horas trufados de hits, significan demasiado hoy en día a un cierto nivel. Con sus errores (joder, qué pesados con Kanye West), Pitchfork es uno de los mejores sitios para saber qué pasa, eso sí, en la escena anglosajona preferentemente. Pero he descubierto grandes discos, grandes artistas gracias a, o por culpa de ellos. No, por culpa no. Gracias. Gracias por todo.

dijous, 23 d’agost de 2012

SOLO UN PAPEL

Lo que aún no entiendo es por qué no la emprendéis a carcajadas ya, si tanta gracia parece que os hace a todos.
Porque desde que lo he sacado de la carpeta, envuelto en su bolsa de plástico transparente, no ha hecho más que ir de mano en mano, pasar de uno a otro de vosotros acompañado de una mirada cómplice (algunas las he visto, otras las he supuesto), y volver tras dar la vuelta a la mesa. Volver y traerme el silencio. Qué decir de este silencio. Que es espeso, que es largo, que es expectante. Pero que también es morboso y es un poco incómodo y es un poco blanco. Este silencio es como un papel blanco que alguien tintará de un momento a otro con un rayajo o con un garabato, con un flechazo de pintura azul oscuro que impactará cuando menos se le espera.

-¿Qué fuerte, no?. Al final te has ido a denunciarlo.
-Mi deber como ciudadano.

Sí: y nada tranquiliza más que el deber cumplido. Ese sello de recepción, que aunque resulte casi ilegible (pero la palabra "asuntos" está bien clara), le imprime ese carácter oficial y definitivo. Yo ya sé que la jerga es incomprensible, que uno podría pensar que ese documento sirve para prácticamente cualquier fin que uno quiera proponerse. Pero está mi nombre y mis apellidos. Mi dirección, bueno, la de mis padres. Mis datos de contacto: ahí está todo tan claro. La funcionaria me insistió: todo bien claro, número del teléfono móvil, la dirección postal, la electrónica (por favor, escriba bien claro su e-mail, nos  encontramos muchas veces con asuntos sin resolver porque es imposible contactar por e-mail). El misterio, bueno el misterio para los incapaces de interpretar las cosas como yo. Porque la sala solitaria, el silencio, las paredes blancas y espartanas y los cristales limpios. Repletos de gente concentrada en su trabajo: de gente que cuando veía ciertas cosas enmudecía: ya empiezan las señales, ya llega el momento de ir tras algo serio. Nada del fragor y el tránsito del delito común y de la prostituta que arrastran esposada y atraviesa la comisaría ofreciéndose a cualquiera que vea sentado tras una mesa. Nada del carterista que desafía con la mirada a quien lo ha detenido, como diciéndole que aún me dará tiempo de almorzar en casa. No: ese piso exhalaba aliento de importancia y trascendencia por todos sus poros. 

Reiros si queréis: miradme con escepticismo y dejad como habéis hecho, despreciando más implicación en el pase a la posteridad, que el papel con la denuncia regrese a mis manos tras dar la vuelta a toda le mesa. Quizás es mejor para vosotros.

dimecres, 22 d’agost de 2012

LAS CIEN MIL VUELTAS

Después de haberlo pensado a lo largo de mis prolongados años de usuario de diversos items culturales, he llegado a la fórmula mágica que, a diferencia de la de la Coca-Cola, y renunciando expresamente a cualquier royalty o acción legal posterior, desvelo para que la humanidad entera disfrute de ella; a cambio, como mucho, de una mención honorífica en algún rincón no demasiado maldito. Encima, aplicable a casi cualquier cosa: libros, discos, películas, series.

Siéntate, préstale atención mientras no te aburra en exceso, y si al final te gusta, díselo a cuantas más personas mejor.

Otros, opción respetable, deducirán los mecanismos secretos que habrá activado, la fibra sensible que ha rozado. Teorizarán sobre las tramas y los personajes y encontrarán analogías con todo tipo de referencias pasadas, presentes y futuras. Encontrarán algunas tan enrevesadas y curiosas, en las que nadie previamente habrá reparado, que más de uno acabará por pensar si existe esa obra o existe esa película que se cita. Críticos, cronistas, eruditos de celo profesional tan arraigado que buscan, como astrónomos las estrellas no previamente descubiertas, los guiños que nadie más captó. Con lo que no digo que un enfoque crítico profundo o un análisis minucioso sean superfluos o meras pérdidas de tiempo. Pero, a veces, parecen restar la sana naturalidad inherente al disfrute del hecho cultural. Cómo veo, por ejemplo, The Good Wife, que no he visto, tras leer y asimilar su reseña en este libro. O sea, como visitar una ciudad por libre o montarse a un bus turístico. Porque Teleshakespeare es el clásico libro que va muy bien para comprobar que lo que ya viste y te entusiasmó: The Wire, The Sopranos... es jodido caviar para el más exigente de los paladares, pero a la vez resulta algo chocante como intento de enciclopedizar algo tan extenso como el aluvión de series en que la ficción visual anda metida actualmente.
Por una parte el extenso ensayo inicial acaba haciéndose pesado: uno espera concreción y algo a que hincarle el tenedor. Pongamos que es el momento (prolongado) del autor para marcar músculo de capacidad de síntesis y de demostración de conocimientos. Por la otra, los apartados individuales dedicados a cada una de las series acaban, algunos, pareciendo esquemáticos en exceso: hay una curiosa  omisión de series de comedia, cuando las hay magníficas. Claro que este libro es un práctico y ameno ensayo sobre las grandes series y su importancia y trascendencia. Claro que es un disfrute, para los que ya nos los hemos pasado bomba con muchas de ellas, leer y releer acerca de toda suerte de detalles, recrearnos en cada momento memorable (imaginaros si hay momentos memorables en setenta y cinco horas de capítulos de los Soprano) y pensar que hemos sido partícipes de ese nuevo paradigma de la expresión artística y de la creación que son las series. Pero, por mucho que uno se empeñe en ello, imposible empaquetarlo en un libro que acaba pareciendo lo que a veces resultan, justo aquí, ciertos posts: el sincero homenaje de un fan irredento.

dimarts, 21 d’agost de 2012

ECONOMIA SUMERGIDA

En uno de esos arrebatos de chiquillería, decidimos alquilar un ático en la calle Cartagena. Una calle empinada, una de esas calles que existen en ciertas ciudades en las películas (la más célebre es San Francisco), en la cual, cuando conducías, rezabas para que no te tocase parar en un semáforo. Porque encima el sistema de tráfico de la ciudad había determinado, perversamente, que el tráfico fuera en dirección ascendente. Pensarían que la pendiente resultaba excesiva para ser en bajada. Bonita broma. Al ático tardamos dos semanas en llamarlo la antesala. Por el infierno, y por el espantoso calor que hacía. Nuestras tardes de verano allí consistían siempre en lo mismo, día tras día: los cinco amigos que compartíamos su coste íbamos llegando y nos despojábamos de toda la ropa de que encontrábamos decente despojarse: tampoco era cuestión de que aquello pareciese un club gay. Igualmente sudorosos, por eso, todos aquellos que no disponían de una pareja con la que copular (para lo cual el ático disponía de un par de habitaciones) se sentaban en la mesa a jugar a las cartas y a reponer con refrescos o con tragos  el copioso líquido que nuestros poros dilapidaban. 
Progresivamente el hijoputa se convirtió en nuestro juego favorito: el capricho del azar combinado con la excitación de la apuesta. Lo que tenía que ser un lugar de recreo y relax, el sustituto de esos coquetos apartamentos de emancipados que la precariedad laboral y los misérrimos sueldos (y, para qué negarlo, nuestra escasa ambición y paulatino acomodamiento) nos habían negado, se convirtió inexorablemente en una especie de mercado donde nuestro dinero cambiaba caprichosamente de bolsillo. Era tal la excitación en que nos sumían nuestras partidas que ni nos enterábamos del ruido del batir de cuerpos, si alguno de nosotros se subía alguna conquista: de forma patética, más de uno confesó que se afanaba en sus prestaciones sexuales a fin de incorporarse rápidamente a la partida.
Jesús era uno de nuestros invitados más habituales. Conscientes de que su economía no se lo permitía, lo único que le exigíamos (de una manera relajada y amistosa) era que aportase bebida cuando le daba por pasarse. Sudaba de una manera tan escandalosa cuando alcanzaba la escalera que acababa con buena parte de esa bebida en los diez minutos siguientes a su llegada. Pero, parece, habíamos llegado a un concepto de la amistad tan puro, tan de anuncio estival de cerveza, que nos daba igual. Luego, el ritmo del juego permitía sostener una conversación mientras las cartas se mostraban, las apuestas se cruzaban, y nuestras novias ocasionales, demasiado tímidas para quedarse en sujetador delante de todos, daban estruendosos portazos mientras salían murmurando entre dientes.

-Esta de hoy no vuelve, Jaume. Te digo yo que antes de que baje dos plantas ya se ha dicho cuatro veces a sí misma que está harta de que la trates como una putilla de la Rambla. 

-Ya. Van cuarenta.

-Joder cuarenta, chaval.

-¿Los ganó el hijo de puta!. No queda una mierda en el centro, ahora. ¿Queda alguna cerveza, Jesús?.

-Hoy las he subido sin alcohol.

-¡Sin alcohol! ¿`por qué nos haces eso?

-No puedo permitir que nada nos nuble hoy el entendimiento. Lo que os he de comentar es muy importante. Esta mañana he estado en la comisaría.


dilluns, 20 d’agost de 2012

LA SEMILLA DEL DIABLO

Pues sí: este era el libro que me tenía entretenido y absorto en la labor de acabarlo y poder recuperar un ritmo más o menos habitual.
Una novela que, en otra editorial, en otro entorno, yo hubiera acabado ignorando, injustamente, por su poderoso aroma de best-seller.
Eh! Dije aroma, no tufo ni pestazo, ni el teóricamente neutral olor. Aunque ese sentido del suspense pueda recordar a Stephen King o su falso estilo epistolar no acabe de parecer el más adecuado, al principio, Tenemos que hablar de Kevin es una especie de thriller de terror, tan psicológico y tan eficaz como lo mejor de la trillada y sobrevalorada trilogía Millenium, pero inmensamente mejor planteado y escrito. Sin tono naïf, sin pretexto polítizante o social, sin absurdo sentido del misterio y, por tanto, búsqueda estéril y desesperada de la cuadratura matemática de la trama, ésta es una auténtica novela de terror, a la que no le hace falta frío, ni nieve, ni vampiros ni hombres lobo, ni desasosiego de isla solitaria.
Parece ser que se montó bastante revuelo con esta novela, al que yo fui ajeno completamente. Que si era una crítica demoledora de maternidad y embarazo, capaz de condicionar en tales decisiones a quien lo leyera. Que si ponía en tela de juicio el modelo USA y, por extensión, capitalista de proyección y triunfo profesional. Que si se deleitaba en exceso en el uso de la violencia juvenil e infantil. Bueno: a mí no me va a condicionar lo que se haya dicho de este libro para conformar mi opinión. Este libro es una magnífica novela que parece heredera o secuela de Rosemary's baby de Polanski. Versión actualizada. Este libro reserva magníficos párrafos llenos de crueldad que cuesta concebir. Siempre, siempre parece que el escritor (en este caso, escritora, una Lionel Shriver que habrá que seguir) capaz de imaginar tales niveles de maldad pueda en el fondo situarse como persona en un nivel algo inquietante. La ficción como proyección de las propias filias y fobias. Podremos argumentar que la trama acusa un ligero bajón en ciertas cincuenta o sesenta páginas (las de la hermana como bebé, hasta los cuatro o cinco años), si bien nadie lo reprocharía una vez se asiste a su resurgimiento, al nuevo acelerón que se le imprime hasta llegar al jueves, al momento crucial que se viene anunciando prácticamente desde la primera página. Más de 500 páginas, que vuelan, esperando la concreción, para asistir a los detalles casi técnicos, a la retransmisión casi televisiva y al pequeño gran detalle final, el que explica por qué la madre escribe cartas, por qué su existencia continua prácticamente como detalle de crueldad y por qué este Kevin no es el de las películas de Solo en casa.

diumenge, 19 d’agost de 2012

JULIAN Y LOS CHOCHITOS

Tanta guerra fría y tanto muro de Berlín. Tanta política de bloques y checkpoint Charlie y demás aparatoso aparato por el que la humanidad sufrió décadas y décadas, pendiente de teléfonos rojos y de arsenales atómicos y de agentes dobles. Bueno: al menos dio para unas cuantas buenas películas y unos cuantos libros de Le Carré y de Greene y de Solzhenitsin. Porque, visto lo visto, empiezo a llegar a la conclusión de que daba igual el bloque, que el totalitarismo campaba por doquier. Qué colosal ejemplo tenemos hoy: tres jóvenes rusas cometen el peor de los crímenes, cantar una mala canción punk en una iglesia y que su letra sea crítica con Putin. Tres chicas con cara de estudiantes de erasmus de las que se pasean estos días por Gràcia. Una de las cuales, curioso, se viste para recibir la sentencia por su terrible crimen (dos años de prisión), con una camiseta con un lema en castellano: No pasarán!, con un simbólico puño propio de insurrectos, propio de revolucionarios, propio de valientes rebeldes contra el poder religioso y capitalista, que fue, simbólicamente, lo que la URSS vino a representar para muchos durante una larga temporada. Acabada, obviamente, pero que, el que escribe, se plantea si tuvo sentido que llegará a empezar algún día. La dictadura del proletariado. Ya no suena bien ni como nombre de banda de rock. Rusia ya sólo se desmarca de los dictados de los mercados en su profusión de dinero negro y corruptelas y en su inexplicable alineamiento junto a China, en defensa del dictador de Siria.
Pero no pensemos que en el otro lado las cosas son diferentes. Julian Assange, al que no creo que le haga falta que a través del FB de Wikileaks se proceda a "pasar el plato" para financiar una costosa defensa jurídica, se refugia en la embajada de Ecuador (que súbitamente para mucho ignorante se pondrá en el mapa como país) y dice que de ahí no lo sacan. Los ingleses amagan por entrar a por él. Luego que no. El mundo recibe una súbita y rápida descarga de información: si lo extraditan a USA podría exponerse a la pena de muerte. A mí también me cansa Assange y su aluvión de papeles constantemente desclasificados que ya véis para que sirven. Para descubrir y corroborar lo que tantos ya sabían y sospechaban: torturas, corrupción, extrañas alianzas, crímenes, injusticias. Assange posa en las fotos de esa galeánica manera que a mi me pone tan nervioso. Fuera del centro, rodeado de sombras, canas prematuras cuidadosamente despeinadas, mirada vaga y perdida diciendo al planeta: soy un bastión de la libertad de expresión y aceptaré aquello que el destino me depare. Pues sí: un atentado contra la libertad de expresión es que intenten procesarte, pero otros luchan por esos derechos sin tanta maniobra de propaganda y sin tanta vocación de mártir. Seguramente las tres chicas rusas que armadas de bajo, guitarra y batería asaltaron la iglesia no pensaban tanto en la humanidad, pero, de momento, les va peor que a tí.
Parece que el totalitarismo también se deslocaliza.

dissabte, 18 d’agost de 2012

LA COMISARIA

Claro que hay menos luz: hay que ahorrar, narices. Pero lo que no sabe la de la recepción de la planta es que haber conservado algunos de los espejos transparentes de las antiguas salas de interrogatorio tiene ese efecto: se ve poca luz en algunas salas y en muchos pasillos. Nosotros, los de dentro, observamos a los que vienen de fuera.
La de la recepción es la señora Concha: la de veces que le hemos recordado las risas que habría con su nombre si se fuese a Sudamérica. Pero entonces, dice, se haría llamar Concepción. Manolo, que es idiota, se puso a buscar un nombre propio argentino, o uruguayo, del que pudiéramos reírnos aquí, pero perdió el tiempo. Pierde mucho tiempo el cabrón. Le dijo a la señora Concha que al final lo conseguiría, pero ella ni se molesta en recordarle esa estúpida promesa. 

-Para rato voy yo a Argentina, y menos ahora,que me han atrasado la edad de jubilarme. 

Y era así: otra fase de recortes había llevado al traste con su plan de prejubilarse en dos años, cuando cumpliese los 60 y sus tres hijos, apoltronados perpetuamente en casa, cerrando estratégicamente las puertas de sus habitaciones cuando les apetecía follar con alguna de las chicas que subían, decidieran emanciparse y darle nietos a los que venerar. El nuevo plan, entonces, era que esa situación se eternizaría: los gritos ahogados de las novias eventuales, sus trabajos también eventuales, el despertador, y su ir arriba y abajo de los pasillos llamando a los despachos para avisar que había algún asunto que atender. El nuevo plan era alargar el viejo plan: olvidar viajes a Argentina y responder con sonrisa hipócrita cada vez que Manolo le venía con el mismo rollo.

-Ya se enterarán esos argentinos: no van a dominar el mundo riéndose de nuestros nombres: pronto encontraré algo para poder reírnos nosotros.

Los espejos de las salas de los interrogatorios. Yo miraba a través de uno cuando apareció ella con el papel. 

-Señor comisario: el hombre de ahí fuera viene con este papel. C-001.

-La puta. Este no era el trato.

-¿Señor comisario?

-Déjeme que le vea desde los cristales un momento. Espere aquí.

Crucé puerta tras puerta de despachos semi-vacíos procurando no hacer demasiado ruido. Llegué hasta el despacho que daba a la recepción de la planta. Menudo pájaro. Agotado, sudoroso, se agarraba a una ridícula carpeta que parecía la de los niños de primaria del colegio de mis hijos. Casi la usaba para airearse un poco, pero al poco paraba como para mostrarle respeto. Imposible. No habían desmontado la unidad y destinado a todos sus integrantes a las tareas más banales y estúpidas para que tuviéramos que conformarnos con atender a un tipo así. Ya lo sé: nadie lleva gabardinas con el cuello subido en verano. Nadie lleva chaquetas bajo las cuales se adivinan bultos sospechosos. No aquí ni ahora.

-Concha, por favor - dije tras regresar a mi despacho, casi pisando huevos - dele cualquier impreso que tengamos y que lo rellene con el motivo de su denuncia. Hágale ver que estamos muy interesados, pídale varias veces que ponga cualquier dato que nos sirva para contactarle. Téngalo un rato, dele muchas veces las gracias y consiga que se largue.

divendres, 17 d’agost de 2012

EFECTOS DE TRANSICION

Echadle la culpa al libro que estoy leyendo. Que es largo y absorbente y adictivo. Suya es la culpa de estos posts que parecen pausas publicitarias o vacuas maniobras de autopromoción. Que son, alguno de ellos, cortos ensayos sobre autores de largos ensayos, ya no sé qué nombre abyecto le daría a tal cosa, y que acaban degenerando en debates solipsistas sobre el sentido de la política y sobre el sentido de la pediatría. Mierda, las autoreferencias que aburren a las ovejas ya son lo último que debería aflorar. 
Como los japoneses y los trabajos, cuando todo era diferente: encuentre un político y consérvelo toda la vida: recomiéndelo a amigos y familiares y haga lo posible para que integre la herencia familiar. Ríale las gracias y alabe a sus hijos y a sus nietos con la mínima excusa. Llegado el caso, retrátese junto a él y enmarque esa foto para ponerla en lugar de preferencia, en punto inicial de miles de conversaciones y anécdotas. No seré yo quien lo haga, por eso. Ni rey muerto, ni rey puesto. Necesitamos un cierto tiempo de anarquía.

dijous, 16 d’agost de 2012

EL GRAN TRATO

El recurso presentado, supongo, por la industria tabacalera, no ha prosperado. Como consecuencia, a partir de una fecha determinada el tabaco en Australia va a comercializarse en cajas uniformes, mostrando las clásicas imágenes de enfisemas pulmonares, tumores bucofaríngeos, dentaduras podridas, y demás aditamentos que dejarán a la famosa escena de Divine en Pink Flamingos como el epítome de la delicadeza y el buen gusto. En un rinconcito del paquete, en tipo de letra uniforme, un pequeño rótulo especificará la marca del tabaco adquirido. O sea, a los australianos se les ha acabado la distinción del paquete de Lucky o de Camel o de Marlboro. O la elegante caja del Benson & Hedges. El tabaco, dispensado como un medicamento genérico en una caja llena de imágenes y mensajes desagradables. En el otro extremo, presiones en el mundo occidental para que se termine con la hipocresía y se legalice la marihuana.
Vaya por delante: ni he sido ni soy fumador. Hermano de fumador e hijo de fumador. Y amigo de muchos fumadores. Y compañero de trabajo de otros muchos fumadores. Vivo en Barcelona. O sea, he pasado por todos los estamentos relacionados con el tabaco menos la primera persona. La tolerancia rayana con el estímulo más desaforado de su consumo: los anuncios, por doquier, de Marlboro, con el hombre a caballo que parecía ser el puto amo. La cortina, digo, la nebulosa de humo en cualquier bar o discoteca en mi tierna juventud. Salir de los sitios con los ojos llorosos y congestionados. Ya no solamente de bares: de reuniones de trabajo en pequeños habitáculos a las que estabas obligado a asistir. Apestar. Besar a novias fumadoras. De ahí, gradualmente, a lo actual: contemplar la no por acostumbrada menos grotesca estampa de la gente en los portales de los edificios: pasando calor o frío para poder fumar. Aunque asiéndose al vicio para escaparse un rato de sus quehaceres. Pillines. Como esos que están  bajo el quicio de la puerta en los bares que no tienen terraza: gin-tonic al alcance de la mano en la barra, cigarrillo con salida de humos a la calle. Clandestinamente. Justo como en aquel relato corto en que una claustrofóbica y un agorafóbico (o es al revés) son detenidos porque copulan en la puerta de la casa. Por eso creo que, como en muchas otras cosas, casi en todas, los gobernantes son unos acojonados de mierda. Sí: esa es la malsonante definición. Australianos, camboyanos, chilenos o mauritanos. Si están tan convencidos del efecto nocivo y letal para la salud del tabaco, ilegalícenlo, hagan como con esos productos cosméticos o alimenticios a los que se les descubre un aditivo peligroso: retirado del mercado, denunciado el fabricante, advertido el distribuidos, cerrada la fábrica, y a otra cosa mariposa. Pero no: preferimos esa doble moral de permitir el acceso a él para recaudar impuestos, simplemente porque algún avezado funcionario ha acabado calculando que sale rentable que muera gente o que se trate sanitariamente antes que perder un flujo tan apetitoso de recaudación. Hasta veo la Powerpoint donde, prescindiendo de truculentas imágenes y mucho menos de la mínima empatía para con los difuntos, el brillante funcionario explica que, si se prohíbe, habrá que buscar los ingresos en cualquier otra cosa. Puede que, en un breve receso, alguna lumbrera diga eso de que todos los excesos son peligrosos, que la sal es fatal contra la HTA y nadie dice de prohibirla; y todos los merluzos burócratas reirán la gracia y alguno dirá que más perjudicial es su cuñada, o su suegra, o su mujer: y todos los mastuerzos se partirán de la risa, hasta que alguno diga que va, que acabemos la reunión, que me muero por echar un pitillo.

Mi amigo el de las teorías conspiratorias dirá rápidamente que legalizar otras drogas será una medida de efecto compensatorio. 

dimecres, 15 d’agost de 2012

LA NUEVA ELITE

Ni idea de quienes son: puse intelectual despeinado en google y salió
Veo fotos de intelectuales hoy en La Vanguardia. Los veo, y todos son mayores, todos pasan de los 70 años menos Naomi Klein, la de No logo, que tiene 42 y que me entero hoy que es una intelectual.
Confieso mi enorme incapacidad para discernir entre los conceptos siguientes, ya que estamos:

ensayista, filósofo, intelectual, pensador ( y algunos más que no me acuden)

Pero bueno, lo de etiquetar a la gente no está bien, o no está completamente bien. En cualquier caso, es conveniente tener claro que, según el perfil de esos 16 ejemplos (ocho globales, ocho españoles), no hay intelectual, o lo que sea, válido antes de la cincuentena. O sea; cuenta la experiencia, cuenta un cojón y medio, y cualquier jovenzuelo (o sea, menor que, pongamos, 35) a nada puede aspirar por innovadoras que sean sus ideas y por aplastantes que sean sus argumentos. Hay que ponerle codos, y tiempo. Qué otra conclusión sacar. Sigo sin entender la presencia de la Klein, por eso: me harté de leer No logo con las deslocalizaciones de la Timberland y el rollo de la marca de zapatos sin fábrica de zapatos. Ese lugar intermedio entre ensayo y denuncia económica me pareció justo lo más parecido a un poderoso somnífero. 

Bueno: parece que la crisis, y un cierto libro de Vargas Llosa, tiene a los intelectuales en picos de rendimiento. Planteando miles de cosas que se pueden decir en breves segundos pero que, como te pares en una, ahí te quedas. La desigualdad, la banalización de la cultura, el cuestionamiento del paradigma capitalista. Entre otras. Ay, cómo mola poner paradigma en una frase. Te coloca dos niveles por encima de cualquiera. Es mejor que idiosincrasia. Como te pongas a hablar de paradigmas, tienes para rato, en el entorno adecuado, y si dispones de víveres, por supuesto. Si aparece el hambre, fuera paradigmas. Eso es lo que tiene el hambre: dicen los toreros, cuando lo hacían por necesidad: más cornás da el hambre. Dice otro torero que a él lo de los toros jamás le ha parecido una fiesta. Fiesta lo es para los señoritos que pagan para ver el espectáculo. Sin esos señoritos aburridos que solo se divierten con espectáculos de sangre y riesgo vital, todo se desmorona. Y sobre el hambre, o otras sensaciones físicas acuciantes: háblale de paradigmas al menino de las favelas que te apunta a la cabeza para que le des el reloj y la cartera y la cámara réflex: verás la dosis de paradigma que te mete entre ceja y ceja.

Con lo cual yo no digo que menosprecie a los intelectuales. Bueno, sí lo hago cuando se enrollan y les brilla la mirada a la vista de que la gente no se duerme oyéndoles. Puede que entonces muten a gurús o a políticos. Puede que entonces den el beneplácito a una cara sesión de fotos para la contraportada de un manual de autoayuda. No hay intelectual bien peinado y moreno de playa. No: hay que dar ese perfil de cierta despreocupación por la propia imagen: cejas rebeldes, pose algo errática, pelo descuidado, librería al fondo, sin orden: libros amontonados, alguna foto inidentificable, cara de haber olvidado, a base de pensar tanto, que la comida hace media hora que está puesta.

No hay movimiento anti-sistema que no se haya provisto de algún intelectual de cierto pedigrí. En ese sentido se actúa de un modo altamente convencional: se consulta a los patriarcas en edad de la tribu, que para algo han llegado hasta ahí. Se les pregunta por sus experiencias ante situaciones previas parecidas, y, siempre aludiendo previamente (por si la cagan) que cada circunstancia es propia de su época, zas, sueltan el juicio y todo el mundo a babear. O a la versión actual del babeo: hacer una Powerpoint, colgarlo en el Facebook, enviar links a los amigos con el fichero donde se puede leer: opinar en un foro, decir la suya: meter la cuchara, que es a lo que todo el mundo aspira en este planeta. A hacer notar su presencia y ver el siguiente amanecer.

dimarts, 14 d’agost de 2012

TIJERETAZOS

Tres pisos no es tanto. Bueno; la verdad es que, con este calor, me da bastante pereza subir por la escalera. Pero el ascensor muestra uno de esos letreros que tanto proliferan por todas partes: Uso exclusivo y preferente para : y debajo hay una serie de figuras, ninguna de las cuales me corresponde. No camino con bastón ni llevo silla de ruedas o cochecito de bebé. Tampoco soy una mujer embarazada. Vaya: si no se viera la faldita podría haber argumentado que pensaba que podía usar el ascensor por mi prominente barriga. Pero no hay caso. Subo a pie, y me prometo a mí mismo por enésima vez la retahíla habitual: dejar la cerveza, no comer más fritos, ni pan, ni dulces, ni refrescos azucarados ni licores, hacer ejercicio, beber dos litros de agua al día, buscar novia, dormir un mínimo de horas al día, apuntarme a un gimnasio, ir al gimnasio, dejar que un monitor de stretching manosee mi espalda, sudar y después ducharme, comprar ropa de mi talla, y justo de mi talla. De todo eso me ha dado tiempo mientras he llegado a la tercera planta,   y, mientras pensaba si tantos propósitos ya eran un motivo por sí solo para algunas de esas gotas que caían por mi mejilla hacia el suelo: chop, chop, chop, observé que, contra toda lógica, aquella planta parecía más oscura. Más triste, en el fondo.

-Nos tienen fritos con los recortes. Aquí han montado una especie de experiencia piloto y sólo se iluminan las estancias donde hay alguien presente. Y las bombillas: todas de bajo consumo, de esas que van dando luz progresivamente, pero que al principio son como lánguidas. Pero en fin, yo no debería quejarme de esta manera. ¿Le han dado un número en el mostrador de abajo?.

Le extendí el papelito: me lo había guardado en el bolsillo de atrás del pantalón, junto a una de las copias que llevaba, y le había dado tiempo para humedecerse y quedarse algo enganchado, con la cara impresa contra el otro papel. Se lo mostré a la mujer. Era una mujer algo entrada en carnes, pasada la cincuentena, con el pelo teñido de un color rubio inadecuado y los labios pintados con tal precisión y uniformidad que uno acababa convencido de que no hacía otra cosa que retocárselos. Llevaba una blusa de poliéster sin mangas: con un estampado horroroso, como una especie de hojas de árbol de color azul, distribuidas de manera tan industrialmente uniforme que cuando la vi alejarse con mi papel, hacia el fondo del pasillo, observé que parecía una trama. Llevaba unos pantalones grises completamente pasados de moda: demasiado altos de talle.

Antes, unos segundos antes, había dado una especie de respingo al ver el número en el papel: C-001.

dilluns, 13 d’agost de 2012

AÑOS SIN LIBERTAD

-Joder, Jonathan. No me digas que no sabes. El editor me mata: a él le matan los de su departamento de marketing. A todos nos matan los del consejo de administración. La campaña de Navidad se va a la mierda y las acciones de la compañía bajan. Joder: si con lo que les adelantaste del argumento ya hay un montón de artículos preparados para promoción. Hay críticos que solo tienen que añadir un par de líneas. Las agendas están coordinadas.
-Pues no tengo nada. Me cargué el borrador: no servía, y he vuelto al principio. Bueno, he cambiado un montón de cosas.
-(Respira profundamente al otro lado de la línea, procurando que el suspiro suene a desesperación). Madre mía.
-Lo que hay.
-Madre mía.
-Hablamos en unas semanas.
-Jonathan. Jonathan, no cuelgues, espera.
-Dime.
-Y si publicamos unos cuantos artículos, algún ensayo, algo inédito que tengas por ahí. Algo variadito. Chico, comida para las fieras.
-No sé. Suena a estrategia editorial.
-¿Suena?. Coño, Jonathan, es puta estrategia editorial. ¿Qué  va a ser, joder?. O qué hacemos, te enviamos a los abogados a que devuelvas el anticipo, ponemos una demanda a uno de los mejores novelistas del planeta porque tiene unos cánones de calidad tan elevados y un método de escritura tan meticuloso que es incapaz de acabar más de una página cada cuatro o cinco días porque no quiere defraudar expectativas?. Hacemos eso?. Mierda, busca por los cajones, retoca lo que sea. Coño, el artículo de Harper's, ese  mismo, modifica algp, actualízalo, métele algo de paja: va, Jonathan, tu paja es  el grano por el que otros matarían. Escribirías bien hasta las instrucciones del papel higiénico, joder.
-No sé.
-Yo si sé. Vamos: hazlo, y eso te da, no sé, dos, tres años más de calma. No hace falta que hagas promoción: decimos que es autobiográfico y que esos ensayos hablan por sí mismos mejor de lo que tú puedas hacer. 
-Pfff.
-Vamos.
-Mira: sí, puedo rehacer lo de Harper's: y tengo uno parecido, sobre el futuro de la narrativa. Puede que uno que escribí sobre el sistema postal de Chicago te vaya bien. Son unas cincuenta páginas, y tiene un tono social. Largo, pero irá bien.
-Joder: estoy mojando los pantalones.
-No me jodas con tonterías: los críticos van a decir que es un paso en falso.
-No publicar por ocho años es un paso en falso, Jonathan.
-Mira: hay uno sobre el alzheimer de mi padre que podría funcionar bien al principio de todo.
-Pues va: tómate el tiempo que haga falta, pero va.
-Mierda: no sé por qué me dejo convencer.
-Gracias, Jonathan.
-Joder; no te garantizo nada: igual para llenar 300 páginas tengo que usar algo de relleno.
-Gracias, Jonathan.

diumenge, 12 d’agost de 2012

BLANCO Y OCCIDENTAL

Curioso elegir a Dominic West para interpretar en Appropriate adult a un tipo que se llamaba Fred West. Curioso escoger a alguien tan marcado (sobre todo para los todavía escasos elegidos que no podemos evitar un hilillo de baba al recordar The Wire) por los valores positivos, a pesar de todo, del desastrado agente McNulty, para interpretar a alguien que es una de las personas más odiadas de la historia de Inglaterra: un despiadado asesino en serie cuyos truculentos detalles no son propios de especificar aquí. West se transforma físicamente hasta asemejarse al personaje, exhibe su versatilidad, esa mirada perdida pero intrínsecamente capaz de la crueldad más absoluta y contra natura, y hace brillar esta producción británica que no sé ya como clasificar: 140 minutos (o sea, menos duración que una película de Harry Potter) divididos en dos capítulos: como una película repartida en dos semanas, aunque al menos no han tenido la desfachatez de hacer seis capítulos de menos de media hora. Para mí, acaba siendo una solvente película con un cierto aire TV pero de indiscutible calidad. Buena ambientación, tono sólo pálidamente documental y, en el fondo, sin morbo adicional ni necesidad de truculencia, un relato escalofriante.
Más coincidencias de apellidos: Walter White se reinventa en Breaking Bad, deja de ser ese aburrido profesor de instituto que ignora los ronquidos de los alumnos, da ese golpe en su vida cuando huele a la parca pasearse demasiado cerca del vecindario. Y Jack White desmonta un combo exitoso y respetado: los White Stripes y, lejos de empezar a perder el norte y a entregarse a una vida desparramada a lo Pete Doherty, enpieza a dar pasos cada vez más firmes. Empieza a apadrinar y a producir y colaborar con buenos artistas, y, zas, publica, hace unos meses, un espléndido disco en solitario, Blunderbluss, en el cual, sin una renuncia abierta a ese sonido sucio y primario de algunos hits de los White Stripes, plantea  excitantes nuevas aventuras. Tampoco ha renunciado a mantener esa insana pinta tan suya: John Self ya trazó ese retrato poco sano a la Tim Burton, a mí también me resulta reminiscente de un Robert Smith (incluso en algún punto su voz es algo parecida en sus tonos más agudos) muy levemente actualizado. Pero la maestría y la elegancia y la diversidad de registros (parece que haya descubierto los teclados justo hace poco tiempo) que muestra en ese disco lo coloca muy por encima de muchos discos de líderes que han dinamitado grupos para lanzarse a carreras en solitario: desde Bryan Ferry hasta Richard Ashcroft pasando por el mismísimo Jarvis Cocker (va: que alguien mencione una canción en solitario de Cocker a la altura de las de Pulp: va !!). Jack White está demostrando muchas cosas con ese puñado de canciones; que es capaz de sonar nuevo mezclando elementos más que conocidos, que es cada vez mejor guitarrista sin desatender el micro; que es gutural pero aterciopelado. Que es hendrixiano, que esa guitarra es nerviosa y nervuda. Que como productor reside y se empadrona en la perfección técnica. Que, creo, conseguirá, con su música, lo que no conseguiría tomando el sol y peinándose: sonar terriblemente sexy.

Gracias a John Self por presentarme este vídeo, por cierto.

divendres, 10 d’agost de 2012

EL FINAL DEL PENULTIMO CAPITULO

Seguimos en las mismas, ¿o no?. Son dos emisiones sueltas de radio que, casi en días seguidos, oigo entre episodios de somnolencia curiosamente asimétricos (ergo: despertarme a las cinco de la mañana por haberme acostado demasiado pronto vs despertarme casi a las nueve por haberme acostado demasiado tarde), y gracias al sistema ahorrativo de ciertas emisoras, por el cual se reprograman durante la madrugada algunos programas diurnos. Bueno, también está la posibilidad de los podcasts. En cualquier caso, ambas emisiones coinciden en algo que, no puedo evitar, eriza algo mi vello. Se habla, muy en serio, de iniciar el proceso de independencia de Catalunya. Tan en serio, que, si fuera ese amigo mío que de vez en cuando se cuela en esta página, esto ya no sería una mera sospecha. El contador Geiger parecería un grupo de drum'n'bass. Los perros guardianes ladrarían sin cesar, raspando nerviosos la puerta con sus patas. Todo. Todo parece indicar que alguien que manda ha decidido tomarse en serio esta cuestión. Así que se apodera de mí, gracias a esas dos horas de radio, un cierto neguit, palabra casi intraducible del catalán. Es como una angustia intranquila con un cierto aspecto positivo. Como una impaciencia incierta hacia lo que acontece al final. O sea, es excitante que parezca que al final yo pueda tragarme mis palabras sobre el país de la bravata, de no hace demasiadas semanas. Es estimulante saber que, entre el goteo constante de malas y malas noticias, esa aburrida procesión de recortes, desgracias, incrementos del riesgo-país, y muchos etcéteras, asome al final del horizonte, o del túnel, o de la carretera, o de lo que coño cada uno pueda ejemplificar como extremo de un camino, eso, parezca apuntar algo mínimamente digno de ser un cambio.
Luego está que a mí no me guste que quienes andan abanderando esta historia (lanzándose al discurso unificador empleando conceptos como la transversalidad, cosa que significa que, superada la transversalidad, habrá que ver qué hacemos con la longitudinalidad) sean los rancios de CiU, que ahora aparecen como ángeles custodios, como si fuera tan rápido, como si fuera un mero fiu, de los que dice John Self, lo de olvidarse que esos mismos políticos que quieren ponerse, hoy, agosto, el traje de super-héroes, son los que han instaurado miserablemente medidas de recorte (y se han apuntado ante España el patético tanto de ser los primeros en promoverlas), e individuos como Felip Puig han sido también protagonistas de episodios represivos considerablemente avergonzantes.
Precisamente en la entrevista a este hombre de esta mañana yo echaba de menos cuestiones más de la calle. ¿Y si, yendo de chulos, proclamamos la Hacienda propia en Catalunya, el tan sabido cierre de cajas, convencemos a una parte significativa de los poderes para que se lleve a cabo, y los de Madrid envían los tanques? (bueno: ni los envían, les dicen a los que están en los cuarteles de Catalunya que salgan a dar un paseíto). Si pasa eso, en qué foto quieren salir. En la de los fusilados sin venda en los ojos, en la de los timoratos que acaban firmando la capitulación sentados en una mesa rodeados de tipos de pie, y con dos policías con las esposas preparadas... o, como me temo, van a ser el amiguete que cambia de semblante en cuestión de segundos y dice, mientras una gota de sudor frío se desliza por su mejilla y se queda allí colgando, "chicos, era broma!".

dijous, 9 d’agost de 2012

SISTEMAS DE ENCRIPTACION


Hicimos lo posible por convencerle: le explicamos nuestros puntos de vista, diversos, pero que convergían en un punto: no se puede entretener a las fuerzas del orden con tonterías, no se puede distraer a la autoridad con estupideces. Hasta, si hubieran sido otros tiempos (que, alguno de nosotros presagiaba, no estaban tan lejos de volver) le hubiéramos advertido de que podía acarrearle algún riesgo físico: policías de escaso sentido del humor y porra fácil no eran inhabituales hacía algunos años. En el fondo, hoy, sabíamos que lo peor que podía pasarle sería convertirse en el entretenimiento matinal de un becario tras un ordenador, volviéndose loco  a base de intentar poner orden en su atropellado discurso y darle el aspecto formal de una denuncia que, tras infinidad de correcciones y borradores, él firmaría orgulloso y henchido de emoción, pensando que tras el acto aparentemente banal de esa firma, estaría salvando, ya no pocas vidas de inocentes, sino muy posiblemente el destino entero de un país, quien sabe si un continente o quizás, nunca se sabe, todo el planeta. Pero fue imposible disuadirle. 

A partir de aquí mi relato se nutrirá básicamente de conjeturas.

Se bajó precipitadamente del autobús, no sin antes comprobar una vez más el sudoroso bolsillo trasero del pantalón, donde llevaba, doblada, una de tantas copias que había hecho de lo que, para él, representaba la prueba más fehaciente que daba respaldo a su teoría. Tenía esa manía: palparse constantemente los bolsillos cuando viajaba en transporte público, hasta ahí habían calado todas las veces que había leído sobre coordinadas y productivas bandas de carteristas que operaban en la céntrica zona donde se ubicaba la comisaría que había elegido, empujado, como no, por la serie de leyendas que la convertían, en tiempos lejanos, en centro de torturas, de conspiración anti-conspiradores, de redes de contraespionaje. En un siniestro agujero negro donde, tiempo ha, muchos desgraciados habían convertido la verde luz de sus gastados fluorescentes en la última que sus ojos habían contemplado. 
Sabía que lo que tenía entre manos era de gran alcance y, sin concretar mucho los motivos, sospechaba que acudir a autoridades locales sólo haría que demorar y alargar el proceso: ese proceso cuyos escalones quería saltar de dos en dos, sino de tres en tres, con tal de que acabara sobre la mesa de quien mejor pudiera actuar en consecuencia.

La cola en la entrada no fue lo que más le descompuso: fue ver el triste semblante de la mujer que estaba tras el mostrador de información. Cómo atendía con desgana y desazón, una tras otra, a las personas que aguardaban. Cómo parecía identificar las dos o tres palabras clave en que se dirigían a ella y, mecánicamente, pulsaba una u otra tecla en la máquina que tenía frente a sí, retiraba el papel que salía, y lo entregaba con pose indolente, sin explicación audible, de forma casi simultánea a la escucha del siguiente párrafo del sucesor en la cola. Él la observaba, y su mente procesaba palabras como ralentí, piloto automático, responsabilidad desproporcionada, falta de motivación, escaso sentido del deber, que escalaban todas ellas, por paredes diferentes de difícil acceso y  altura engañosa, hacia la que él, inevitablemente, consideraba la definitiva: incapacidad de identificar la gran oportunidad que se le brindaba

Llegó su turno.

-Vengo a denunciar una trama para llevar a la humanidad hacia el apocalipsis.

La mirada de la mujer se perdió en un vacío aún más profundo del que parecía. Él la miró, buscando un contacto visual imposible, pero supo que había pensado "joder". Que no lo había dicho, pero que lo había pensado. Fueron apenas un par de segundos. Supo también que resollaba sin resollar. Levantó algo la vista, pero sus miradas seguían estando muy lejos de cruzarse.

-¿Puede repetir?
-He descubierto una conspiración.

Le extendió un papel, aún caliente por la tinta térmica. C-001, ponían las letras más grandes.

-Planta tercera.



dimecres, 8 d’agost de 2012

MOSQUETONES Y ARNESES

Solía leer libros de management. Peor: los compraba, incluso, y los leía luego. Tardé más de lo recomendable en hartarme de leer obviedades como para que una empresa sea viable hay que incrementar las ventas y reducir los gastos. Mea culpa. Aunque, claro, algo queda, alguna frase lapidaria con la que puedes demostrar ante unos cuantos que estás al tanto, de estas cosas, que sabes como llevar un negocio.
Una de esas frases decía "la mitad de la inversión en publicidad es completamente inútil, pero no se sabe qué mitad ". ¿Véis?. Tanto rato perdido entre bostezos, tanto estante desaprovechado en muebles de oficina, al final sirve para algo más prosaico. Porque a Dinero le sobran como 200 páginas, pero no sé cuales. Porque seguramente cercenar la mitad de ese libro daría como resultado dos buenos libros: dos buenas novelas de corte algo confuso y claustrofóbico, pero dos tomos bien escritos, de rico lenguaje, de situaciones algo surrealistas, de una inexplicable riqueza narrativa. La cuestión es que, entero, the whole pack, me ha situado en una tesitura que pocas veces había experimentado como lector. Pues a pesar de que seguía avanzando con cierta sensación de que la historia no acababa de quedar definida, me veía incapaz de abandonar su lectura. A un ritmo pausado: no más de 40 o 50 páginas al día. Con un enorme esfuerzo inicial, pero jamás planteándome abandonarlo. Por mucho que tardara unas 150 páginas, o así, en llegar a especular cual era la profesión del protagonista, esa profesión que compatibilizaba cuantiosos gastos en un tren de vida a todo trapo, con un aparente perpetuo estado de dolce fare niente. Por mucho que ese trasiego vital, repleto de excesos de todo tipo y de todo precio ( pornografía, onanismo, alcohol, comida basura, conatos de pelea, habitaciones fijas de hotel, tabaco, actorzuelos y strippers) hacía presagiar que para nada estamos ante un ejecutivo como los que pueblan las novelas de Easton Ellis, este John  Self, que así se llama el protagonista, levanta ante el lector tal bruma, tal nube de vapores y humos de todo tipo, mezclados entre sí, sobre su propia existencia y avatares, que uno acaba pensando si el caos y la confusión no son un recurso narrativo más que apoya la intención de la historia. Eso, y la presencia, no tan metaliteraria como algunos temerían, del propio Martin Amis como personaje de la novela. Así he atravesado este libro: con cautela, vigilando donde ponía los pies, controlando las dosis y quedando, al final, no colocado, sino descolocado.

dimarts, 7 d’agost de 2012

SECRETOS Y EXCUSAS

Sí: gracias a Talita ayer pude publicar algo, aunque fuese trampa.
Eso fue entonces pero esto es ahora. No puede ser hoy: nadie acudirá en mi rescate y esa puerta caerá; llegará esa hora mágica, las doce de la noche, seré Cenicienta (qué mal suena, mejor seré Indiana Jones) y la compuerta me atrapará y reventará intestinos, lo pondré todo perdido. No puedo permitirlo. Hay que escribir de lo que sea: vamos, Francesc, ya lo has hecho otras veces. Ya has usado relleno a punta pala para justificarte ante tí, ante los demás, y ante las divinidades. No sirve la excusa del libro este, el de la derecha, al que no acabas de atisbar el final, con lo que te tiene un día tras otro en una condición que no acabas de acertar a describir. Ni la excusa de otras páginas en las que publicas de vez en cuando cosas que siempre han estado aquí antes: con otras guisas, con otras palabras, con diferentes matices, sin tanto signo de admiración o con alguno más de interrogación. Ni es secreto ni es excusa, chico. Éste es el auténtico sofá de casa donde tu ego dormita o reposa o lo que quiera que haga. Levántate, y anda.

Pastor en busca de ovejas
Un religioso sueco de cierto rango fue agente de la Stasi (la KGB de la antigua Alemania comunista: ya ha llovido) y delató compatriotas por cuestiones reveladas bajo secreto de confesión. Poderoso tanto para la Stasi (por cierto; os recomiendo ver la película La vida de los otros), capaces de efectuar un fichaje en un campo tan poco propicio. Y sobre el religioso, pues poca cosa a decir. Quizás ser un delator le compensaba algo lo duro de sobrellevar el voto de castidad.

Los JJOO: arrecian sugerencias maliciosas sobre el proceso de preparación de algunos participantes chinos. Pero qué mal llevamos en Occidente que no sea la raza blanca la que se lleve la supremacía en todo. Ya costó aceptar que los atletas afroamericanos arrasasen tanto en las pruebas de velocidad como en las de resistencia. Pronto los imbéciles de turno aparecieron con estúpidos chistes. Pero la natación: bastante que deportistas del antiguo bloque del Este disputaran duramente en los 70 y 80, y luego hayan salido casos de algunos de ellos con su salud duramente castigada por ciertos abusos. Entonces en nuestro cuadriculado mundo es inasumible que ahora sean los nadadores chinos los que plantean tanta batalla. Y que sean prácticamente adolescentes. Así que las noticias no han tardado en esparcirse: que si hay un plan cuatrienal consistente en depurar desde 5000 hasta quedarse con unos 20 nadadores de élite cuyas familias "ceden" al organismo oficial de turno cualquier derecho sobre sus hijos. Dicen, porque la cuadriculada mente occidental no es capaz de asumir victorias de otros sin intervención de factores extraños, que los padres son gratificados con puestos de trabajo, con casas, con coches, con tal de que entreguen a buenos deportistas para que integren la élite que acude a las olimpiadas. O sea: los tenemos que acusar de juego sucio. Dicen que un nadador chino ha permanecido aislado y se le han ocultado, para no perjudicar su concentración, hechos relevantes de su familia: muerte de abuelos, grave enfermedad de la madre. Nadie habla de universidades americanas o de centros de alto rendimiento en Europa donde incurren circunstancias parecidas. No. En esa loca carrera que son algunos deportes (os lo juro: ciertos deportes individuales me acaban pareciendo los receptáculos perfectos para la canalización de auténticas paranoias) por demostrar (a quién: a los extraterrestres?, a las otras especies del planeta?) cuán lejos es capaz de llegar nuestra humanidad para seguir mirándose al ombligo, hemos perdido el sentido del juego, de la diversión, y hasta el del ridículo. Como la canción de Meat Loaf. Todo acelerado sin lugar dónde ir.
Yo, nombrando a Meat Loaf. 
He de acabar ese libro. Ya.

dilluns, 6 d’agost de 2012

COMIDA PARA REPTILES 6.0 (colaboración estelar de Talita: visitadla en talitatraveler.wordpress.com)

CRISTALES

A las cinco y media de la mañana alguien empezó a golpear con fuerza la puerta de entrada. Horacio se levantó tropezando con las pantuflas y con el perro que, asustado, había corrido a refugiarse bajo la cama.

―¿Qué pasa? ¿Quién es a esta hora? ―preguntó Mira encendiendo la luz del velador.
―No sé… no sé, voy a ver ―dijo Horacio espabilando y poniéndose el albornoz.
―Tené cuidado, no sea cosa que sea un chorro ―dijo Mira preparándose para levantarse llegado el caso.
―Los chorros no golpean, Mira ―dijo Horacio yendo hacia al living.
―Mirá que sos cagón Pereira, tanto que te envalentonás con el gato de Funes… ―le dijo Mira al hocico que asomaba de debajo de la cama ―Suerte que te ganás el pan por lindo y no por guardián, ¿eh?

Desde el living llegó la voz de Marcos, cosa que tranquilizó a Mira y alegró a Pereira. Mientras ella se acomodaba para seguir durmiendo hasta las ocho, el perro salió disparado a reclamar su ración de mimos.
No era novedad que Marcos se presentara a una hora como esa, pero en general se lo solía escuchar una cuadra antes de llegar gracias a los cantos que entonaba siempre que tomaba de más. Esta vez iba sobrio, pero con una excitación que Horacio sólo le había visto una par de veces en la vida. Una había sido a los once años, cuando por fin se había vengado de su hermano vaciándole la alcancía en el inodoro y tirando de la cadena ante su estupefacta mirada, y otra a los treinta y cuatro, cuando le contó que por fin había conseguido que su mujer firmara el divorcio bajo la amenaza de empujar a su abuela escaleras abajo, silla de ruedas incluida.
En esta ocasión su exultante estado era a causa de un acto de solidaridad que el mismo había perpetrado: la vidriera de los chinos que desde hacía un par de años venían arruinando el negocio de su amigo había sido reventada a cascotazos por su mano justiciera:

―¡Pero vos estás en pedo? ―preguntó Horacio.
―Fresco como una lechuga —dijo Marcos solemnemente.
―¿Cómo se te ocurre hacer semejante barrabasada?
―A ver, necesitábamos una solución, ¿no?
―Sí, y todavía la estábamos buscando. No habíamos llegado al vandalismo, ¡no estábamos ni cerca! —dijo Horacio hundiéndose en su sillón― Encima no podrías haber elegido peor momento…
—¿Por?
—El chino. Está internado.
—¿En serio?
—Sos el peor estratega del mundo.
—Pero, ¿cómo que está internado?
—Le dio un infarto o algo así.
—¿Un infarto a un chino?
—Yo qué sé, se habrá adaptado demasiado bien a nuestras costumbres.
—¿Y quién está a cargo ahora? ¿La china?
—No. Creo que no.



Mira había empezado a recorrer las calles de Villa Crespo bajo el sol de Enero. Pereira, que de un fila brasilero grandote y cobarde había transmutado a pastor alemán de mirada profunda, caminaba a su lado. El calor era agobiante, pero el perro iba con paso firme sin siquiera abrir la boca. Ella sentía, sin embargo, que el calor le empezaba a quemar por dentro, como si estuviera yendo por uno de esos desiertos rojos y de tierra cuarteada. Abrió la boca e instintivamente empezó a jadear, a buscar la sombra y algún charco donde paliar la sed.
Cuando descubrió la fuente se le iluminaron los ojos: el agua salpicaba todo en derredor, los gorriones se lanzaban en picado cual clavadistas y salían empapados de felicidad. Mira tomó envión para saltar y sumarse al regocijo, cuando entonces un tirón certero en el cogote la paró en seco y la hizo patalear en el aire. Al volverse, aun ahogada por la correa, su maestra de tercer grado la reprendía apuntándole con un largo dedo índice: “Muy mal Mira, eso no se hace.”

Al despertar lo primero que hizo fue palpar a su lado. Pereira no estaba y ella tenía esas ganas de abrazarlo y de pedirle disculpas por tratarlo de cagón.

Fue primero al baño y después a la cocina, tenía una sed horrible. Ahí estaba Horacio, mirando a un punto fijo en la pared con un café frío en las manos.

—¿Y el perro? —preguntó Mira buscando debajo de la mesa.
—Se lo llevó Marcos —dijo Horacio.
—¿Marcos? ¿Qué hizo ahora para necesitar reflexión canina? —preguntó sacando el agua de la heladera.
—Le rompió la vidriera a los chinos.
—¡Sonamos!
—Ahá…
—¡Y encima con el viejo ingresado!
—Es lo que yo le dije.
—Nos van a denunciar por desalmados… ¡Y vos que no sabés mentir! ¿Qué hacemos ahora?
—No sé. Por eso mismo lo mandé a pensar.



—A mí la verdad que me importa un carajo que ese chino esté bien o mal, yo lo único que sé es que es un desgraciado con el que no se pueden cruzar dos palabras sin llegar a las puteadas. Pero tu dueño es un cobarde, para él nunca es bueno el momento o buena la idea. “Esto no porque nos van a denunciar, esto otro tampoco porque es malo para el negocio; esto no porque es peligroso para la salud…” ¡Ja! ¡Mirá como le fue a ese salamín sin que le echáramos Raid en las latas! Yo ya se lo dije mil veces, no hay forma de entrar en razón con ellos, son unos ordinarios y unos maleducados. Ya lo intentaron sus viejos, ya lo intentó él, hasta Mira con ese vestidito de flores con el que le das lo que quiera antes de que te lo pida, y nada. Ahora que apechugue por no haberme dejado ser más… creativo. ¿Me vas a decir que no era buena la idea de mandarles una rosa negra? ¡Tampoco estamos hablando de la cabeza de un caballo, che! Como si tuvieran algún animal. Esa gente no tiene ni perros, se los come. Bueno, en realidad no lo sé con seguridad, es lo que dicen, que se comen a los perros y a los gatos. ¿A vos te parece? A mí ni en un apocalipsis se me ocurriría comerme a mi perro (si lo tuviera, claro), antes me como al vecino, te juro. Eso sí, no a cualquiera, que en una situación así hay que saber elegir bien a los amigos y a los enemigos. Me comería al gordo de la pensión, primero porque es gordo y alcanzaría para muchos y segundo porque seguro que tiene un abastecimiento tremendo en su casa, como todo buen gordo lechón. ¿Sabés quién lo hacía lindo al lechón? Mi abuelo Enrique. Era una cosa de locos. Le hubieras caído bien vos, le encantaban los perros. No como a los chinos.



Ya vestidos, Horacio y Mira salieron a la calle. Ella partió hacia la derecha en busca de Pereira y él hacia la izquierda rumbo a su tienda. Malabia estaba vacía a esa hora, algunos camiones descargaban mercadería y el aire todavía estaba húmedo de brisa matinal. A las siete Mira aún daba vueltas por el parque siguiendo lo que parecía el rastro de Marcos y Pereira, mientras que Horacio se aproximaba a la escena del delito: el local de los chinos estaba justo enfrente del suyo. Sin embargo la muchedumbre que había vislumbrado una cuadra atrás no parecía encontrarse en el punto que él esperaba.

―¿Se ha enterado? ―lo increpó el librero saliendo de su tienda.
―¿Perdón? ―dijo Horacio mirando si había alguien frente a la cristalera rota.
―¡Pero no sabe? ¡El muchacho de los recados se ha vuelto loco!
―¿Qué? ―dijo Horacio, ahora sí prestándole atención.
―¡Ha matado a toda la familia! Padre, madre y abuela. Dicen que soltó al canario y salió corriendo desnudo a la calle al grito de “¡Libertad, libertad!”
―¡Pero qué me dice, Francisco!
―No me diga Francisco, hombre.
―Perdone usted… ¿pero me habla de Germán, el chico que me hacía los mandados?
―El mismo.
―No lo puedo creer…
―Pues créaselo usted, que me lo ha contado el agente Ronaldo. La casa estaba hecha una pena; todo perdido de sangre, la pared era un salpicré de vísceras.
―Uf, no me cuente más, que tengo la presión baja y hoy no desayuné.
―Nada, nada. Para que vea que uno nunca está a salvo.
―Eso ya lo sé, viene con el país en el que vivimos. Pero que alguien conocido se vuelva loco y masacre a su familia no se compara con que a uno le roben las zapatillas en la calle…
―¿No se compara? ―preguntó malicioso el librero.
―Y, no… Bueno, son cosas distintas. ¡No me tire de la lengua!
―Venga ―dijo el librero echando llave a su tienda―, mejor vamos a tomar el café y le sigo contando.

Fueron al bar de la esquina para que Horacio desayunara como es debido y tuviera el estómago sentado para escuchar el resto de la historia. En cuanto terminaron las medialunas, le relató con lujo de detalles cómo se habrían desarrollado los acontecimientos: al parecer Germán habría reaccionado mal a una crítica de su padre y le habría tirado, con gran puntería, con lo primero que encontrara ―en este caso el cuchillo con el que habría estando picando el perejil―; su madre y su abuela, aparentemente fuera de sí, habrían empezado a tirarle a Germán con tazas, platos y demás loza que tuvieran a su alcance; y él, por lo visto ya ciego de rabia, habría extirpado el cuchillo del cuerpo de su padre y lo habría asestado, también con gran puntería, repetidas veces en las mencionadas señoras. Un espectáculo.

―Y lo del escaparate fue obra suya, ¿no? ―preguntó el librero de sopetón.
―Eh, no… bueno, no… sí. Fue mi amigo ―respondió Horacio rojo como un tomate.
―¿El loquito?
―Ese mismo.
―Pues menuda puntería.
―Sí… Justo ahora que el viejo está internado y…
―¡Pero qué dice hombre! ¡Justo ahora que hay un loco dando vueltas!
―¿Eh? Ah sí, bueno, pero la policía cuando lo encuentre…
―La policía una vez que lo encuentre lo va a moler a golpes hasta dejarlo inconsciente. Va a dar una gran rueda de prensa y se llenará de gloria por haber atrapado al peor criminal de los último tiempos mientras a la gente de a pie la siguen matando por un par de zapatillas y mientras otros policías muelen a golpes a otra gente de a pie.
―…
―Yo sé que usted es más bueno que el pan ―dijo el librero para terminar―, así que hágame un favor: hágase el boludo Horacio. Hágase el boludo.



En el parque, mientras tanto, Pereira corría detrás del palo que le tiraba Mira; Marcos se deleitaba con el vestido de flores que ella llevaba, y un muchacho desnudo en la hierba miraba las aves volar de un árbol a otro.

diumenge, 5 d’agost de 2012

SEXO Y MAS SEXO

Unos que piensan en el honor
Hace nueve años, una familia pakistaní residente en Inglaterra mató a su hija de 17 años. Los padres la asfixiaron con una bolsa de plástico en el comedor de la casa familiar. Estando presentes los dos padres, la hermana mayor (que ha delatado el crimen pasados unos años) y un hermano menor. Lo hicieron porque la vergüenza familiar superaba a su amor paterno-filial: la hija había osado vestir al uso occidental y relacionarse con varones de su edad. Le llaman crimen de honor. Los padres cumplirán un mínimo de 25 años en prisión. Va: si veinte años no son nada, veinticinco son eso, nada, más cinco años. Mal rayo los parta.

Dos deportistas femeninas de férreos países islámicos, Arabia Saudí y el emirato de Qatar (para mi escarnio: el mismo cuya fundación promotora patrocina económicamente al Barça), acuden a los JJOO en representación de su país. En los dos casos, primeras de su género en competir por sus países. La primera que compite es una judoka saudí de 16 años. Lo hace con la polémica previa de que su padre no la permitía saltar al tatami sin el hiyab. Lo hace, finalmente, con una especie de pañuelo adaptado: para que no muestre su pelo y para que no pueda representar ventaja ni incomodo para la práctica del deporte. Su contrincante, puertorriqueña, tarda algo más de un minuto en finiquitar el combate. A casa, la saudí, supongo, a ser fruto de agrias polémicas, y a seguir una vida que, espero, le tenga preparada mucha felicidad.
La segunda, una atleta qatarí, tarda 10 metros de una carrera de 100 en sufrir un problema muscular y abandonar. También compite ataviada con un pañuelo en la cabeza. También de vuelta a Qatar: ambas a disfrutar de lo que la religión musulmana, en su versión más radical, depara a las mujeres.

Un político español reclama una ley contra el Opus Dei. No exactamente (pero cómo atrae una primera frase así, verdad?). Aclaro. Un integrante del partido socialista pretende promover que políticos cuya pertenencia al Opus Dei resulte públicamente acreditada sean incapacitados para altas responsabilidades. Argumenta que la condición de pertenencia a esta "pseudo-secta" (la llama así, no sé a qué viene el "pseudo") presupone un determinado perfil de fanatismo incompatible con cierto criterio mínimo de objetividad. Bueno, sin ser ni pseudo ni secta, la pertenencia al PP ya presupone un determinado perfil de fanatismo incompatible con cierto criterio mínimo de objetividad. No iba a esperar que le pusiesen una estatua a Lenin, precisamente.
La cuestión es que, desde la llegada al poder del PP, (con esa mayoría absoluta que les permite no sólo una dictadura legitimada de cuatro años, sino poner los cimientos bien firmes para que ésta se prolongue indefinidamente), la ley del aborto, las circunstancias en que este es permitido, han pasado a ser uno de sus objetivos favoritos: ahora el aborto no se permitirá si se detectan malformaciones en el feto. Todo en nombre del viva la vida.
Adicionalmente, los progresivos recortes en sanidad despojarán de ayudas de todo tipo a personas incapacitadas y a los encargados de cuidarlas.
Adicionalmente, otro cargo del PP promueve que las mujeres que decidan abortar sean "obligadas" a ver una ecografía del feto.

Ni gallarda ni gallardía : Gallardón
Ni que decir que estos políticos son los que el militante socialista quiere asegurarse de que no tomen responsabilidades en decisiones sobre estas cuestiones. Argumentando que sus creencias religiosas nublan su objetividad. En fin; loable como es, esta ingenua iniciativa, le diría, llega un pelo tarde: hace muchos años que el Opus Dei filtra dirigentes por doquier. Incluso en partidos no tan previsibles como el PP. Que se miren CiU, el PNV o la UPN. La cuestión va más allá: los políticos son la casta donde arraiga más aquello del haz lo que yo diga pero no lo que yo haga : todos ellos, hagan el voto que hagan, castidad, pobreza, honradez, o contra la sodomía. Pero llegar tarde es mejor que no llegar, claro. Puede que le haga alguna cosquilla a ese casposo Ruiz Gallardón, ese pepero majete que tenía a tantos engañados. Puede que sea cuestión de que a este ya le han pasado los años del empujón juvenil.

Los del PP: lo tienen claro, sean del Opus ya, o aspiren a serlo algún día o se planteen aspirarlo (creo que ahí no me dejo a nadie, no?): no hay que follar. No hay que disfrutar del sexo como placer y, si se hace, hay que apechugar: sobre todo las guarras que se abren de piernas demasiado jovencitas o fuera del matrimonio: arrastra toda tu vida la consecuencia de tu acto, obedeciese el acto a lo que obedeciese. Dentro del matrimonio, mejor tampoco: las personas resabiadas y amargadas toman las decisiones difíciles con más rapidez; los despidos, los cierres, los recortes. No te fastidias tú meses sin echar un polvo a la parienta (y la becaria del partido te ha dado calabazas), pues a fastidiar a todo el mundo.  Purga, arrepiéntete, nunca lo suficiente, por haberlo hecho. Querías ser libre, pues ahí tienes precio de la libertad, con el IVA al 21%. ¿Jodiste? La jodiste, jódete. Repito: no folles, no disfrutes, el Sida ya no es una de las siete plagas, puedes hasta curarte. Pues aguántate con lo otro: con la repercusión a la que poner pañales, a la que traer a un mundo sin ser deseado. Sí a la vida: a la triste, a la sórdida, a la de no tener una segunda oportunidad y abandonar estudios, o cualquier otro plan, a la de ser como un animal que no puede rectificar. No éramos bastantes, no.

dissabte, 4 d’agost de 2012

FONDO DE CATALOGO // 4

Nada de nuevo. Bueno: viejas cosas nuevas que se pierden por no saber atraparlas a tiempo: dónde coño se va ese concepto tan brillante que tenía esta mañana atrapado: con sus analogías y sus desarrollos, con sus símiles y sus agudas frases y con esos ganchos que se me ocurren, para enlazar uno y otro tema. Nada. El vacío. La mirada cariacontecida.
Suerte: está la música.

Brasil: Brasil!. Ya sé: siempre el mismo, siempre esas cuerdas que nos conducen a las salas de espera de todo el planeta: dentistas, aeropuertos en los 80, ascensores de edificios de más de 10 plantas. Ministerios con programadores musicales que saben que habrá fieras que amansar.


Francia: pero no, éste justo era belga. Ah, cualquiera habla de belgas ahora, con el miedo que da Bruselas. En Francia está Hollande, que quiere volver a anticipar la edad de jubilación. Que se atribuye poderes divinos, el muy ladrón. Dios dijo "ganarás el pan con el sudor de tu frente". Y va Hollande y dice que no tanto. Trata a Dios de tú, el tío. No tanto trabajar, Dios. Se lo dice en francés.


Entonces pasan estas cosas: la gente vive más porque trabaja menos, y les da por irse a los clubes y bailar y dejarse llevar por la música, por las cuerdas, por los coros femeninos. Por ir a la barra y pedir más bebida, joder, cómo hemos sudado. Desde el otro extremo, alguien te observa, lo notas, y no puedes evitar acercarte cada vez más.



Y pasa lo que pasa: dirás que estaba oscuro y que pensabas que si estaba ahí era mayor de edad. Que esas horas son esas horas y uno sabe lo que pasa cuando se entra en esos sitios. Que pensabas que el tío de la guitarra en el apartamento era un amigo más, y que esa juventud ya se sabe. Que quieres echarte un rato, coño, que la cabeza te va a reventar.


Que no, que lo último que te hace falta son más bajos y más profundos. Que ves hombres saltando de un altavoz a otro, que los persiguen chorros de líquidos que cambian de color al ser barridos por los focos. Que el líquido caerá al suelo, lo sabes, que parece azul como ese anticongelante que nunca recuerdas si te toca poner a tí o no, y te hará resbalar, el suelo está sucio, hay cristales y hay pisadas que cobran formas caprichosas, que son azuladas, ves,  y pronto lo ocupan todo: suelo, techo y paredes. Están ahí, y todas te vigilan.

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